jueves, 9 de enero de 2014

EMPERATRIZ DEL MUNDO (Imperatrix mundi), 1ª parte

Su mirada se quedó clavada en la pulpa de aquel higo que acababa de abrir con pulso trémulo. Sus uñas, largas y ligeramente corvas, amarilleadas por el tiempo, se habían ensuciado con el dulce y viscoso jugo de la fruta, y el interior de ésta, con sus vellosidades carmesíes, le recordó la masa sanguinolenta en que aquella ominosa Guardia Pretoriana había convertido a la carne de su carne, si bien sabía que era un mal necesario que ella misma, muy a su pesar, había propiciado.

Soltó el fruto con desdén y éste se estrelló contra el pavimento, quedándose adherido parcialmente a él, tal era su grado de madurez. Julia levantó la vista durante unos segundos para fijarse en el esclavo sumiller que se acercaba presto a rellenar su áurea copa. De modo casi inconsciente le hizo un gesto negativo meneando la cabeza y, entornando lentamente los párpados, volvió a ensimismarse en el higo reventado contra el marmóreo solado. Ahí estaba él, fútil, insignificante, derramando su fragante néctar sobre el "opus sectile" verde y grana de perfecta y armónica geometría.

Rememoró entonces las idílicas imágenes de los tiempos felices, cuando sus hijas, las dos Julias, aún eran pequeñas y su marido, Julio Avito, todavía no había alcanzado el rango de cónsul y ejercía de esposo y padre afectuoso. Qué hermosas eran sus niñas, cuánta vitalidad había en aquellas pequeñuelas vivarachas y traviesas que correteaban arriba y abajo por las amplias estancias de su suntuosa "domus" romana. Cómo añoraba también su casa natal de Emesa, en Siria, una villa suburbana tan luminosa, tan clara…y sobre todo, aquel mosaico tan primoroso que su padre, Julio Bassiano, había encargado a unos afamados artesanos, oriundos de Cartago, para decorar el "triclinium" familiar. El motivo central, con la diosa Anfitrite cabalgando sobre un delfín, se mantenía vivo en su memoria como tantos y tantos recuerdos de tiempos en los que la paz y la calma no hacían presagiar el intenso y azaroso ajetreo con que se desarrollaría su ulterior existencia. Cuán deliciosa era aquella vida provinciana, sencilla y campechana, desprovista del fasto mundano de la matrona imperial en la que se había convertido por méritos propios.

La luz asiática que la vio crecer se cubrió de sombras en su mente, cuando recordó momentos más infaustos: la conspiración que hubo de llevar a cabo para terminar de una vez por todas con las excentricidades de su nieto, que a punto estuvieron de llevar a su familia y a todo el Imperio a la bancarrota. No podía permitirlo, por más que amase a su descendiente, un bello efebo que había perdido el norte.

-El pobrecito no sabía lo que quería, tanto poder a tan temprana edad le había trastornado - se decía- . Pero lo peor de todo era su cabezonería, era tan testarudo que se obcecaba en aquellos rituales religiosos absurdos. ¡Pero si ya nadie podía rendir culto a ninguna deidad más que a él y a su dichoso "Deus Sol Invictus"!

Ella misma había adorado a esta divinidad exótica, demiurgo de su ciudad, Emesa, cuando aún portaba su nombre original: "El Gabal". Mas su nieto había llevado las cosas a extremos insospechados, no sólo se había autoproclamado sumo sacerdote de la nueva religión, sino que subyugaba a todo el Imperio con el culto exclusivo a este dios solar. Y ella sabía que eso estaba generando antipatías contra su persona y, por ende, contra su dinastía.


Pintura: "Unconscious rivals" (Rivales inconscientes), 1893, Sir Lawrence Alma-Tadema.
Escultura: busto de Julia Maesa.

Safe Creative #0903152756767

EMPERATRIZ DEL MUNDO (Imperatrix mundi), 2ª parte



-Todo el día con esas estupideces- se repetía.- Y mi hija Julia Soemia también le apoyaba en sus extravagancias y locuras, hasta en sus orgías multitudinarias le seguía, cosa nunca vista desde los tiempos del depravado Calígula. Madre e hijo eran tal para cual. ¿Acaso yo y sólo yo soy la única persona sensata y cabal de esta familia? ¿Por qué no han heredado ellos mi inteligencia y mis dotes para la política y los asuntos de estado, por qué?- se preguntaba una y otra vez.

Ni qué decir de la antipatía que sentía por las esposas y amantes que su nieto se había echado: la vestal, con el escándalo y las repercusiones, a todos los niveles, que supusieron sus primeras nupcias con ella, la viuda, el auriga, el atleta…y tantos y tantos otros amantes ocasionales a los que el emperador Heliogábalo, convenientemente maquillado cual fémina, y envuelto en sedas que prontamente hacía caer a sus pies, entregaba su cuerpo noche tras noche, a veces incluso a cambio de unos miserables denarios, como si de una vulgar meretriz se tratase... La ridiculez a la que llegaba aquel degenerado adolescente no tenía límites, así como tampoco los tenía su crueldad, la cual alcanzaba las cotas más elevadas precisamente cuando intentaba hacerse el simpático, el gracioso, e invitaba a cuanto patricio se le cruzaba en el camino a banquetes donde los manjares que se servían contenían excrementos o insectos ponzoñosos, o cuando no, los asfixiaba con el dulce aroma de millones de pétalos de rosas y violetas vertidos sobre ellos.

-¿Cómo podían ser tan diferentes mis dos nietos? ¿Por qué Vario era el polo opuesto de Alejandro, en virtud de qué diferían tanto? - volvía a interrogarse la abuela.

Vario Avito, que tomaría el nombre de Marco Aurelio Antonino, para posteriormente mutarlo por Heliogábalo, era un muchacho alocado, mercurial y amoral, que gozaba con escandalizar al pueblo y al senado con sus costumbres licenciosas, con su bisexualidad desinhibida y desenfrenada, y lo peor de todo: escapaba al control de su yaya, a su dominio, ya no había manera de hacerle entrar en razón respecto a cualquier tema sugerido por la matriarca del clan. Era demasiado independiente y libertino. Roma ya no le aceptaba como su Imperator Caesar Augustus, y su abuela Julia Maesa, tampoco. Sin embargo, su primo Alejandro Bassiano, entronizado después como Marco Aurelio Severo Alejandro (aunque más conocido como Alejandro Severo), era justo lo contrario, de carácter afable y pacífico, era su docilidad la característica por la que su abuela había vuelto sus ojos hacia él.

-Sí, sin lugar a dudas, mi decisión ha sido la correcta - se decía para sus adentros Julia Maesa mientras asentía con la cabeza sin darse cuenta. 


Intentaba alejar de sí los fantasmas de la duda y el remordimiento. Ella había instigado aquel complot para derrocar a su díscolo nieto Heliogábalo y sustituirle por Alejandro, a todas luces más sumiso y obediente. Pero, aún así, no esperaba un final tan trágico y cruento. Aquello se le había escapado de las manos, aunque no era culpa suya, no, no lo era - insistía en su fuero interno - los responsables del crimen eran los pretorios causantes de la matanza. Ellos y sólo ellos eran los culpables, ella no había hecho más que lo que consideraba un bien para Roma y para su dinastía: los Severos. El sacrificio de los suyos era justo y necesario, pero ensañarse así con los cadáveres, ya lo consideraba denigrante.

-¿Por qué habían tenido que decapitarles y descuartizarles? Y por si fuese poco, arrastrar después sus restos mortales por las calles, como si de perros se tratase, y arrojar los de su joven Heliogábalo a las aguas del Tíber. Como si no hubiese sido suficientemente humillante para un emperador haberle asesinado entre las heces de una letrina … ¿No se percataban esos pretorios que estaban mancillando sangre patricia, más aún, sangre imperial? Eso nunca se lo perdonaría a esos infames y espurios asesinos, pero... por ahora era más conveniente callar, no fuese que los ánimos volviesen a crisparse contra los miembros de su familia.

Tenía que velar por el futuro de la hija y del nieto que aún le quedaban, de él, de su joven Alejandro, casi un niño, ungido ya emperador, sería la gloria. De ella, de Julia Maesa... ¡sólo el poder!

Levantó sus penetrantes ojos negros del fruto que yacía despachurrado en el suelo, y sonrió levemente al senador que tenía enfrente y que intentaba establecer un diálogo con ella. Era inútil, Julia no le escuchaba, continuaba absorta, inmersa en sus pensamientos más profundos; había reparado en la felicidad que le procuraba la tenencia de tan extraordinaria prerrogativa, y notaba cómo un sentimiento de euforia se apoderaba de ella, ascendiendo a través de su interior de forma desmesurada. De pronto, su sonrisa se dilató al extremo hasta estallar en una súbita y sonora carcajada. Estaba radiante, en esos instantes volvió a sentirse la emperatriz del mundo.

FIN.


NOTA BIOGRÁFICA: La Augusta Julia Maesa o Mesa (Emesa, Siria, 165 - Roma, 224 d.n.e.), fue la primera mujer admitida como senadora romana (junto con su hija Julia Soemia). Conspiró para derrocar al emperador Macrino y conseguir el trono para el mayor de sus nietos. Fue también cuñada de un emperador, Septimio Severo, tía de otro, Caracalla, y abuela de los dos últimos de la dinastía Severa: el controvertido Heliogábalo y su primo Alejandro Severo. Su hija, Julia Soemia y el hijo de ésta, Heliogábalo, fueron asesinados, muy probablemente, por incitación suya. Su otra hija, Julia Avita Mamea y su nieto, Alejandro Severo, también resultaron muertos durante un motín en Germania. Julia Maesa feneció durante el reinado de Alejandro, siendo proclamada diosa por el senado y por el pueblo de Roma y consagrada como tal por su nieto.

Pintura: "Las rosas de Heliogábalo", 1888, Sir Lawrence Alma-Tadema.

Escultura: busto del emperador romano Heliogábalo.

La autora del relato posando ante la escultura del emperador romano Alejandro Severo, procedente de las Termas de Caracalla de Roma y expuesta en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Safe Creative #0903152756767

viernes, 3 de enero de 2014

"ESTAMPA NAPOLITANA", 1ª parte.

Cejijunto, de rostro atezado y mandíbula prognática, con el sombrero de fieltro negro calado hasta el límite de su angosta frente, y aquella verborrea de charlatán de feria que le caracterizaba, Tomassino Espósito se despedía de su esposa con mil y una palabras, como si le acongojase dejarla sola y condenada al mutismo más absoluto durante toda la jornada, puesto que el cielo no les había otorgado la bendición de una prole que la consolase con su compañía.

Había salido de su casa con el nacimiento de la aurora, cuando la bóveda celeste resplandecía tornasolada por el albor del día. Mientras pedaleaba a buen ritmo a lomos de su vieja bicicleta, entonaba una cancioncilla popular napolitana -Jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja', jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja'. Funiculí funiculá, funiculí funiculá, 'ncoppa jammo ja', funiculí funiculá - y a ratos fruncía el ceño al levantar la mirada hacia los cirros y cúmulos nubosos que, como caracolas rojizas, dibujaban estelas estriadas que rebrillaban con el áureo fulgor del astro rey.

Tomassino moraba en una humilde casucha de un pequeño pueblo de la Costa Amalfitana, un pueblecito colgado del acantilado y acunado por el arrullo de las amorosas olas del Tirreno. Su madre, natural de Positano, fue quien le introdujo en las sabias artes de la gastronomía tradicional. De ella, que de soltera había trabajado como cocinera para una de las familias nobles de la comarca, fue de quien heredó Tomassino su buen hacer ante los fogones.

Saludaba alegremente a cuanto vecino encontraba en el camino, y sonreía a la par que cantaba, aunque esto último a veces se lo dificultase el resuello. Era Tomassino un hombre jovial, cuyo físico poco agraciado no se correspondía con el encanto que emanaba de su alma, dotada de una afabilidad y una benignidad propias de las personas sencillas y bienintencionadas.

Tenía por costumbre santiguarse cuando avistaba el Vesubio en el horizonte, tras franquear la primera curva de la pedregosa pista por la que transitaba, a escasa distancia de su morada. Recordaba la violenta erupción que hacía pocos años había asolado poblaciones relativamente cercanas a la suya, justamente cuando todo parecía estar retornando a la calma, a la ansiada paz.

Y también tenía siempre presente lo que su maestro, Don Vittorio Brizzi, le había explicado durante una de las contadas ocasiones en las que le había sido posible acudir a la escuela a lo largo de su infancia. Les había hablado, a él y a los demás niños, de los antiguos romanos, de unas gentes, antepasados suyos, que no vestían chaquetas ni pantalones, sino unas túnicas y unas togas blancas enrolladas alrededor del cuerpo, y que no cubrían sus testas con sombreros, sino que las lucían desnudas, como desnudas también retrataban a sus diosas y mujeres en increíbles y realistas esculturas, con aquella carnalidad lúbrica y lasciva que Tomassino había visto en unas ilustraciones y fotografías que su profesor les había mostrado y que, sin dar crédito a lo que sus ojos veían, le habían parecido lo más bonito del mundo, lo más deseable, aquella perfección que le hacía entonces anhelar crecer, hacerse mayor y conseguir como compañera una fémina con semejantes atributos.


Pintura: "Vista del Golfo de Nápoles", Teodoro Duclere  (1815 - 1869).

Safe Creative #0903152757009 

domingo, 3 de junio de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 2ª parte.



Años más tarde, Tomassino se desengañó y comprobó que las muchachas hermosas de su pueblo, y las de los alrededores, elegían también a los mozos apuestos, o a los que podían mantenerlas y darles buena vida con sus haberes, y para él, feo y pobre como era, quedó, como única alternativa, una de las jóvenes menos atractivas del lugar. Pero no pareció importarle mucho, pues era su Concetta de carácter tan afectuoso y cordial como el suyo propio, y le colmaba de todas las atenciones y placeres que un hombre de su condición pudiera desear.

Cuando el maestro les habló de los romanos de antaño, de los que vestían togados, también les relató que allí cerca habían existido dos ciudades ricas y opulentas, y que un nefasto día, el volcán -cuya silueta ahora aparecía ante sí majestuosa, recortada sobre el firmamento rosa y oro- , se las había tragado, las había sepultado, enterradas vivas bajo un manto de lava y escombros incandescentes; y todas aquellas personas habían perecido de forma horrenda y cruel, sin que nada ni nadie pudiera salvarlas de una muerte segura.

Las elocuentes palabras del maestro impactaron en la mente pueril y frágil del Tomassino niño, y desde entonces experimentaba una extraña sensación de impotencia, de rabia incluso, cuando vislumbraba meramente el contorno del Vesubio, cuya visión se hacía omnipresente a lo largo de toda la bahía; ésta era para él una imagen cuasi demoníaca, perversa, maléfica...

 Le dolían aquellos muertos de las antiguas "Pompeii" y "Herculaneum", o de "Oplontis" y "Stabiae", tanto como los de "San Sebastiano al Vesubio", "Massa di Somma" y "San Giorgio in Cremano", en donde había perdido conocidos, amigos y parientes lejanos. Se afligía por aquellas gentes de tiempos remotos como si fuesen sus abuelos o sus tíos, como si les hubiese conocido, y no podía por más que lamentarlo, y temer a las fuerzas de la naturaleza tanto como a las del Maligno.

Pese a los infaustos recuerdos e inquietudes que aquella montaña, sempiternamente orlada por los nimbos, le trajese a la memoria, Tomassino se reponía al instante, con la ingenuidad propia de las mentes cándidas y simples. Si bien no era absolutamente analfabeto, escribía y leía a duras penas, pues había ocupado buena parte de su niñez en ayudar a su progenitor y a sus hermanos mayores en las faenas del campo y de la pesca, y cuando no, se hallaba al lado de su "mamma", consagrado a los menesteres culinarios.

Pedalada tras pedalada, había llegado ya a la ciudad, a la misma hora de siempre, pues si de algo se jactaba Tomassino, era de su extremada puntualidad. Nápoles se erguía orgullosa de su pasado glorioso, soberbia e indiferente a la decadencia y al deterioro causados por el paulatino abandono, y por la guerra que no hacía mucho se había librado entre sus calles. Todavía al doblar una esquina parecía resonar el eco de los taconazos de saludo de los alemanes o la musiquilla de una marcha militar fascista. Aún al anochecer, emergían de entre las sombras los fantasmas de soldados y oficiales, ora uniformados de pardo y ostentando brazales escarlata, estampados con esvásticas negras inscritas sobre círculos níveos,  ora ataviados de negro y ornados con calaveras blancas, saludando a la romana a un Duce al que ya habían devorado los gusanos. Y parecían oírse también, en las noches de tormenta, en lontananza, como en un esperanzador sueño, los cañonazos con que ingleses y americanos anunciaron su llegada. Todo aquello, todo aquel confuso horror, se había sucedido apenas unos años antes, pero la huella indeleble que dejan la destrucción y la miseria seguía arraigada de forma perenne en la conciencia de los lugareños, marcada a fuego en sus carnes, y en las piedras horadadas de sus edificaciones: pequeños y grandes butrones que el tiempo no había aún logrado cicatrizar.


Pintura: "Erupción del Vesubio", Giuseppe De Nittis  (1846-1884).

Safe Creative #0903152757009 

sábado, 2 de junio de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 3ª parte.


Tomassino Espósito pasó por delante de la "Stazione Circumvesuviana", aquélla a la que arribaban los trenes que procedían de la Costa de Amalfi en la que él habitaba. Después llegó a la vasta "Piazza Garibaldi", y de allí tomó la "Via A. Poerio", para después perderse en el dédalo de callejas próximas al "Duomo" o catedral, y realizar algunas compras de productos frescos para los almuerzos y cenas que debía preparar. Los tímidos regatos que aún corrían por las calles eran paladinos indicios de que había llovido copiosamente durante la noche, pero se evaporarían enseguida, pues a pesar de ser todavía una hora temprana, el sol ya empezaba a calentar e incrementaría su viveza a medida que avanzase la mañana, puesto que ya estaba pronta a llegar la canícula.

Se detuvo en la "Via dei Tribunali" - vía esta que ocupaba el primigenio trazado del "Decumanus Maximus" romano - ante la "Pescheria La Sirena", regentada por su amiga Angelina, y compró varios pulpos de pequeño tamaño, que se conservaban vivos en baldes de hierro esmaltado llenos de agua de mar, al objeto de mantener su frescura y calidad. También adquirió hortalizas, algunas verduras, salami y un jamón de Parma, en la tienda de otro de sus amigos, Gianni Moscati, con el que conversó animadamente por espacio de breves minutos. Cargó las mercancías en el cesto de la bicicleta, y en un par de grandes bolsas de lona que hubo de llevar colgadas a ambos lados del manillar.

Afortunadamente la carga no le incomodaba demasiado, pues ya no faltaba mucho para llegar a su destino. Pedaleó por la "Via del Duomo" en dirección norte hasta cruzar la "Via Luiggi Setembrini", y se plantó, raudo y veloz como una saeta, bajo la "Porta San Gennaro". Era ésta la más antigua de las puertas de la ciudad, mencionada ya en vetustos anales del año 928, cuando constituía el único punto de acceso a la muralla greco-romana desde la zona septentrional.

Con el tiempo, perdida ya la primitiva barbacana, la puerta había cambiado su fisonomía merced a numerosas reformas, y se trataba pues, de un arco que coronaba la calle que otrora conducía a las catacumbas del santo milagrero patrón de la urbe, cuya sangre, contenida en dos ampollas atesoradas en su capilla de la catedral, se licuaba dos veces al año, y de no hacerlo, presagiaba la llegada de calamitosos acontecimientos. La arcada mediaba ahora entre dos edificios enfrentados, como si de un puente tendido entre ambos se tratase. Una hornacina rectangular, centrada sobre la clave del arco, contenía una pintura al fresco representando a San Genaro arrodillado ante la majestad de Cristo.

Al pie de la "Porta San Gennaro", a su izquierda, bajo un vetusto toldo de desvaídas franjas bermejas alternadas con otras de un blanco amarillento, se situaba la "Pizzeria di Vicenzo e Luciano", un modesto pero impoluto local de comidas. Allí era donde Tomassino ejercía como gran maestre indiscutible de ese sancta sanctorum que constituía su cocina.

Arrimó la bicicleta a una de las desconchadas paredes del inmueble y su pituitaria percibió el aroma a jabón de Marsella que emanaba de las inmaculadas sábanas que colgaban por doquier, suspendidas de una parte a otra del callejón, zarandeadas por la brisa y acariciadas por el sol, que las hacía relucir mostrando su níveo esplendor. Entró en la pizzería cargado con las bolsas y paquetes, y su jefe, Luciano, que ya se encontraba en el interior, ultimando los detalles para abrir al público, le saludó cortésmente.

- Hola Tomassino, ¡buen día! ¿Traes todo?

- Hola, Don Luciano - saludó a su vez Tomassino-, ¡buen día! Sí, creo que no falta nada. Haremos un buen menú, Don Mario quedará encantado, como siempre.

- Sí, sí, como siempre, como siempre. - Respondió su patrón con la sonrisa en los labios mientras desempolvaba unas botellas de "chianti".

Luciano Di Stefano había heredado el negocio que su padre Vicenzo había fundado en 1910, y en el cual Vicenzo se ocupaba también de la cocina, pero tras el fallecimiento de éste, y en vista de que él no estaba dotado para detentar tal cargo, tomó a Tomassino a su servicio por recomendación expresa de Don Mario Pagano.

Tomassino dejó todo en el almacén, colgó su raída chaqueta de pana y su sombrero negro, y se puso una casaca y un gorro de cocinero almidonados e impecablemente blancos. Entro en la cocina, donde sus dos ayudantes, Gaetano y Michele, le esperaban, y les transmitió un jovial saludo.

- Hola, ¿cómo va todo? ¿Preparados para encarar bien el día?

- Sí, - le contestaron ellos al unísono - lo que tú digas, jefe.

Gaetano Parisi era un joven desgalichado, de cara larguirucha y macilenta dominada por una descomunal nariz aguileña, pero obediente y bien dispuesto para el trabajo. Michele Schialfa también era un muchacho hacendoso y servicial, pero, a diferencia de Gaetano, era de complexión fuerte y bien formado, de espaldas anchas y proporcionadas, como también lo eran sus facciones, viriles y hermosas: los ojos negros, grandes y almendrados, la boca de firme trazo, de gruesos labios bien delineados... Por él suspiraban de amor las féminas de medio vecindario.

Transcurrió la mañana entre bromas y chistes hilarantes, como era habitual entre Tomassino y sus pinches, elaborando pasta fresca, masa para las pizzas, salsa de tomate, pesto, guisando las verduras y legumbres para la minestrina, preparando los pulpitos para servir de antipasto, lonchando el prosciutto o jamón, y el salami, para incorporarlos a los diversos platos...

Y en esto llegó la hora del almuerzo y la clientela ya atestaba el comedor, e incluso la espaciosa terraza que se ubicaba frente a las portadas abiertas del restaurante y de la cocina. Luciano, el propietario, corría febrilmente de un lado a otro, ayudado por su esposa Claudia y su hija Silvana, que habían bajado, para tal fin, del apartamento que ocupaban en la planta primera del edificio; y entre los tres no daban abasto a servir las mesas. A veces era el propio Tomassino quien, saliendo por la puerta de la cocina, que daba directamente a la calle, y cuyas dos hojas permanecían siempre abiertas mostrando el interior de la misma, oficiaba de ocasional camarero portando una deliciosa pizza o un plato de humeante pasta.



Pintura: "Bodegón con pescados, cebolletas, pan y objetos diversos",  Luis Eugenio Meléndez  (Nápoles,  1716 - Madrid, 1780).  También llamado Luis  Egidio Meléndez,  fue un pintor de ascendencia española, ovetense, nacido en Nápoles.  Museo del Prado, Madrid.
Safe Creative #0903152757009 

viernes, 1 de junio de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 4ª parte.



Fue así como había visto por vez primera a su ángel. En aquella ocasión venía también del brazo de su madre, y ambas tomaron asiento ante la misma mesa que ahora ocupaban, justo a la derecha de uno de los batientes de la portada de la cocina. Siempre se instalaban en la misma mesa de hallarla disponible, con un ritual que solían repetir en cada una de sus visitas: la madre, una robusta y corpulenta mujerona, se sentaba primero, y seguidamente lo hacía la hija, que nada parecía haber heredado de ella, puesto que era grácil y esbelta cual cimbreante mimbre. La madre se despojaba del sombrero, desprendiendo previamente los alfileres que lo sujetaban a su pelo, y después le quitaba el de la hija, para, seguidamente, soltarle la frondosa cabellera sobre los hombros. La joven poseía un cabello ondulado y centelleante como una noche estrellada, de un profundo color ébano, que contrastaba vivamente con su rostro pálido y frágil, de una piel que ni la más fina seda de Oriente pudiera rivalizar en suavidad y tersura. Los enormes ojos rasgados, de felina mirada, los labios carnosos, sensuales, rojos como cerezas frescas y húmedas; y cuando sonreía, mostraba el marfil de sus dientes tan regulares, tan bien alineados, tan perfectos como los de los anuncios de dentífricos de los periódicos.

Y eso era lo que más le gustaba a Tomassino, verla sonreír, por eso procuraba servir él personalmente su mesa, y dedicarle también sonrisas con cada plato que le llevaba, para obtener a cambio una de las sonrisas que ella tímidamente esbozaba, un mohín, cualquier cosa, incluso quedarse extasiado admirando su inconmensurable belleza virginal y escurrir furtivamente la mirada, henchida de deseo, por entre el escote de ella, imaginando la rotundidad de sus formas, el buen tamaño de los mullidos pechos que los vestidos de livianas telas, tan ceñidos a su estilizado talle, permitían adivinar; la tonalidad y el perfil de sus ansiados pezones, que Tomassino imaginaba oscuros y sabrosos como el chocolate, y erectos como puñales que se clavaban en su cerebro con libidinosa furia, y le provocaban una lubricidad extrema, y descender, descender... ora vertiginosamente... ora con un vaivén cadencioso... entre espasmos de placer, hasta el abismo... hasta el infierno en que se abrasaría de amor e ígnea pasión por aquel ángel puro, su ángel, su niña...

Tomassino recordaba entre suspiros, que ya aquella primera vez que sus ojos tuvieron la dicha de encontrarla, se prendó como un poseso de su hermosura, y apartó de su mente la imagen de su esposa Concetta, que era, en lo tocante al físico, la antítesis de esta muchacha. Si la una, Concetta, era burda y tosca, la otra, su ángel, era de una finura sin parangón alguno, delicada como una flor, como una mariposa que al batir las alas le sedujese con su irresistible embrujo, y se pertrechara en lo más recóndito de su corazón. Ya entonces también la comparó con una de aquellas Venus marmóreas que su maestro, Don Vittorio, le enseñase en las fotografías de las enciclopedias al uso, de senos plenos y llenos, y de sexos impúdicamente descubiertos, prestos a ser palpados y poseídos con deleite, con fruición y complacencia, como se degusta un jugoso y dulce higo maduro. Así la deseaba Tomassino, así, con el ardor de un macho cabrío, pero también observaba un cierto melindre, como si tuviese miedo de dañar a aquel ser casi etéreo, a profanar su naturaleza cuasi divina.

Sabía que no era para él, lo sabía, no poseía apenas cultura ni instrucción, pero comprendía el alcance de sus limitaciones. Y además, se había establecido una feroz competencia entre sus compañeros, aun cuando éstos fuesen sus subordinados. Tanto Gaetano como Michele eran más jóvenes que él, e incluso el feucho y desgarbado Gaetano podría ser considerado un galán a su lado, y no digamos Michele, con su apostura y gallardía a flor de piel, y su experta manera de conquistar a las mujeres. De hecho, Michele no le quitaba el ojo a su á10ngel en cuanto la veía aparecer, y procuraba pavonearse ante ella, en la terraza, siempre que podía. Menos mal que él llevaba el mando de la cocina, y cuando veía a su amada, les imponía tareas a sus pinches para mantenerles entretenidos y alejados lo más posible de la joven.

A veces, Tomassino, que no había conocido nunca antes el amor, a pesar de estar desposado con su Concetta, a quien quería mucho, sin duda, pero por quien no sentía ni había sentido jamás pasión amorosa alguna, pronunciaba mentalmente el nombre de su niña: Sofía. Se llamaba así: Sofía. Desconocía su apellido, cómo se llamaba su oronda progenitora o dónde vivía, pero sabía eso: su nombre, su adorable nombre, lo conocía de labios de la madre de su ángel. Sofía, Sofía, Sofía -se repetía-, y no había para él palabra más sonora y almibarada, ni bálsamo más lenitivo. Las sílabas tintineaban en sus oídos cual monedas de plata cuando las vocalizaba en voz alta, embelesado, arrebatado con el recuerdo de su hurí de ojos y cabellos zaínos, de su idolatrada diosa sureña.

Y ella, su Sofía, se hallaba ahora allí, sentada sobre el borde de la silla, con el tronco y el cuello maravillosamente erguidos, en aquella postura tan elegante y afectada que solía adoptar, mientras su madre interrogaba a Don Luciano sobre las novedades culinarias del día. Tomassino la observaba de soslayo, encandilándose cada vez más con su candorosa y refinada imagen de cisne. Él intuía, sabía, que tras su altiva apariencia se escondía la candidez de una vestal carente de máculas.


Pintura: "Primavera", William Adolphe Bouguereau  (1825 - 1905).
Safe Creative #0903152757009

miércoles, 30 de mayo de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 5ª parte.



Don Luciano tomó nota del pedido de la mesa tres, de la mesa de Sofía, y se la pasó a Tomassino, quien se dispuso a realizar los platos encargados como si la vida le fuera en ello. Sirvió unos antipasti en las fuentes más bonitas con que contaba la vajilla del restaurante, y los decoró con esmero para mayor agrado de su amada. La hija de Don Luciano, Silvana, una joven rubicunda y vigorosa, intentó llevarlos a la mesa de Sofía no sin antes forcejear con Tomassino y ganar éste la disputa.

Salía Tomassino portando una bandeja con los antipasti variados para Sofía, cuando vio llegar y tomar asiento, ante la mesa dos de la terraza, a Don Mario Pagano, el hombre a quien él y su familia tanto debían. Era éste un varón de mediana edad, de cabellos entrecanos y porte distinguido, alto, delgado, y vestido con un traje negro entreverado con finas rayas blancas. Una camisa de seda, la corbata negra y el sombrero de fieltro, también negro, le aportaban un donaire difícil de superar por los presentes. Le acompañaban sus dos hombres de confianza, fornidos, hercúleos, luciendo indumentarias casi tan exquisitas como la suya.

El dueño de la pizzería, Don Luciano, se apresuró a retirarles las sillas en un gesto de estudiado servilismo, mientras sonreía parca y nerviosamente. Tomassino les saludó, asimismo, con otra sonrisa que más bien semejaba una mueca, y con un leve movimiento de cabeza de signo afirmativo. Estaba habituado a recibir a Don Mario a diario, pero no por ello se aclimataba a aquel ambiente de tensión que permanecía latente mientras Don Mario y sus gángsteres continuasen allí.

Don Mario Pagano era un capo de la Camorra, oriundo de Boscoreale, que se había enseñoreado con el control del contrabando y todo el tráfico de índole delictivo de la ciudad. Había pocos clanes que se atreviesen a hacerle frente, de hecho, él era en aquellos momentos el dueño y señor de Nápoles. Aún así, Don Mario se mantenía fiel a su pasado, y pese a su altanería y arrogancia, frecuentaba la humilde pizzería donde su padre, un indigente pobre de solemnidad, había obtenido tantas y tantas refacciones gratuitas por mor del piadoso corazón de Vicenzo di Stefano, el malogrado ascendiente de Don Luciano.

Don Mario, como de costumbre, pidió una botella de "Lachryma Christi" mientras hojeaba el papel que, a modo de carta, presentaba el escueto, pero sabroso, menú que la pizzería ofertaba para el día. La joven Silvana le escanció el vino en una copa de cristal de Bohemia, de la cristalería que se utilizaba para uso exclusivo suyo. A Don Mario, acostumbrado a ver mujeres hermosas, le agradaba que le sirviese las viandas Silvana, la risueña hija de Don Luciano. Le gustaban las muchachas vivarachas, y Silvana lo era, sin lugar a dudas, y además poseía un gran atractivo sexual: era una jovencita pelirroja de caderas anchas, nalgas prominentes, y sus senos, rotundos y firmes, se bamboleaban arriba y abajo al compás de sus movimientos. Cuando Silvana se acercaba con las manos ocupadas por platos y bandejas, él, pícaramente, aprovechaba a pellizcarla en el trasero, cuidando de que el padre de la chica no le viese para no afrentarle, y cada vez que ella se inclinaba sobre la mesa para servirle, deslizaba los ojos, sin la menor pudicia, por la abertura de la blusa de la muchacha, acertando a vislumbrar, a veces, un travieso pezón que se moviese libre de la atadura de  sostén alguno, por entre la vaporosa tela.

Don Mario les hacía guiños de complicidad a sus matones sobre la ingenua adolescente, entre bromas veladas y risotadas que denotaba13n su deseo por poseer y desflorar a la púber. Sólo había algo que refrenaba los más bajos instintos de aquel hombre que manejaba también el negocio de la prostitución de toda la urbe, y ese algo era la gratitud que le adeudaba a la familia de Don Luciano por el trato tan humanitario que le habían proporcionado a su progenitor cuando éste más lo necesitaba.

Pintura: "Chica con un nido"  (1869), Charles Chaplin, Museo de Bellas Artes de Lyon, Francia.

Safe Creative #0903152757009

sábado, 26 de mayo de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 6ª parte.



Quizás por eso Don Mario se había apercibido de la presencia de aquella otra joven tan bella que, desde hacía unos días, almorzaba en la mesa contigua acompañando a una gruesa señora. Se había fijado en el refinamiento de sus modales a la hora de sujetar los cubiertos, en su mesura para hablar, y en la timidez de la que hacía gala cuando sus miradas se cruzaban. Y cuando esto sucedía, cuando sus ojos encontraban los de ella, se sentía un león atrapando a su gacela, le daba caza una y otra vez, y la despedazaba a besos y a mordiscos, e imaginaba la sangre roja e hirviente de ella manando a borbotones y tintando de carmesí su tez de ninfa. Sólo mirarla, sólo atisbar su egregia efigie de casta diva, y el corazón se le salía por la boca de deseo contenido. Don Mario Pagano, aquél que esclavizaba a cientos de mujeres napolitanas, había caído también rendido ante el fascinante hechizo de Sofía.

El capo alzó su copa en señal de saludo hacia Sofía y su madre, y el sol, que había llegado ya a su cenit, traspasó, con sus centelleantes rayos, una rendija abierta en la lona del entoldado, y alcanzó el "Lachryma Christi", irradiando los destellos y tonalidades propios de un rutilante rubí facetado. La madre de Sofía asintió con gratitud ante semejante gesto, y Don Mario se dirigió a ellas con magistral oratoria:

- ¿Saben, señoras mías, que éste es un vino único en el universo?-, les espetó, alzando la voz, no sin cierta petulancia -. Una antigua leyenda asegura que el diablo se llevó un trozo del cielo y que después lo dejó caer aquí, en Nápoles, al pie del mismo Vesubio. Y cuando Jesús, nuestro Señor, supo del hurto de Lucifer, no pudo por menos que llorar, y sus benditas lágrimas, las lágrimas de Cristo, cayeron sobre nuestra bienaventurada tierra, y de ella brotaron las cepas que dieron origen al vino. Éste, señoras, es el mejor y el más antiguo de los vinos del mundo, paladearlo es un privilegio reservado sólo a muy pocos.

Y tras concluir su discurso, hizo traer una botella del mismo caldo para la mesa de las dos mujeres. Se trataba de un "Mastroberardino", de una reserva especial, que Don Luciano atesoraba como oro en paño, en el fondo de su bodega.

La madre de Sofía se mostró sorprendida y muy agradecida por el singular obsequio, y la hermosa joven bajó la cabeza, ruborizada y turbada ante la insolente mirada de Don Mario, que la desnudaba en cuerpo y alma inspeccionando minuciosamente cada detalle, cada poro de su piel. No pudiendo resistir el examen ocular del que estaba siendo objeto, Sofía se levanto y se dirigió al lavabo, con el ánimo de refrescarse la cara, que le ardía de vergüenza, y escapar a tan embarazosa situación.

No bien se hubo levantado, y los ojos de Don Mario y sus secuaces la siguieron, recorriendo con desmedido atrevimiento, la curvatura de sus prietos glúteos y de sus ondulantes caderas, que se contoneaban, sin proponérselo, cada vez que sus largas piernas avanzaban un paso encaramadas sobre aquellos elevados tacones. Y escrutaban también, sin la menor conmiseración, incluso las costuras posteriores de sus sedosas medias negras, que tremolaban oscilantes, como dos sierpes encantadas, al ritmo de su acompasado caminar. Los tres malhechores la deseaban con vehemencia, como la deseaba cada hombre que se cruzaba en su camino. Sofía no podía dejar indiferente a nadie, poseía el don de la belleza en grado superlativo, y era ese don una cualidad más propia de las deidades que poblaban los paraísos celestiales, que del común de los mortales.

Don Mario daba buena cuenta de un plato de "tortiglioni con rraù napoletano", regado abundantemente por su "Mastroberardino" preferido, mientras sus dos guardaespaldas le acompañaban, ahora silentes, escudriñando pausadamente, desde sus asientos, cada rincón de la calleja, en busca de un posible peligro. Uno de ellos, Giuseppe De Palma, un hombre joven, pero de apariencia ligeramente avejentada por sus duros y adustos rasgos faciales, extrajo un pañuelo del bolsillo de su americana y procedió a secarse el sudor que se le escurría por la frente a causa del considerable calor del mediodía. Don Mario se percató de la perentoria necesidad que tenían sus sicarios de reponer líquidos, y con una actitud generosa, impropia de él en situaciones similares, requirió a la ingenua y campechana Silvana, para que les sirviese una jarra de agua fresca.

- Mocita, tráeles a éstos agüita clara, anda, que se me van a resecar con tanta sudoración -. Dijo vociferando, como buen napolitano, a la par que soltaba una sardónica carcajada.

- Si, Don Mario, como usted mande, ahora mismo se la traigo-. Respondió sumisa la chica, emprendiendo una carrerilla hasta la cocina.

Entretanto, la madre de Sofía departía con Don Luciano sobre el origen de la Puerta de San Genaro, que tenían tras de ellos a modo de teatral decorado. Ella parecía ser una erudita en la materia, no en vano le recalcó al hostelero que su malogrado cónyuge había sido profesor universitario de Historia Antigua, y que de él había adquirido ella algunos de esos significativos conocimientos.

- No, no, Don Luciano, esta puerta ya estaba ahí en la época de la Roma Imperial, hombre, si lo sabré yo, y mucho antes también, que no me lo habrá relatado mi querido marido, que en gloria esté el pobrecito, pocas veces -. Repuso la gruesa señora con aires de sabihonda-. Lo que sí, que no tenía el aspecto que usted ve ahora, eso por supuesto, cada época le ha ido añadiendo unas cosas y restándole otras.

- Bueno, bueno, señora, si usted lo dice será verdad, no lo dudo-. Le confirmó el restaurador sin demasiadas ganas de discutir sobre el tema.

Tomassino, ensimismado en sus quehaceres, aliñaba con una aromática albahaca las dos pizzas que Sofía y su madre habían pedido como primer plato, y ya se disponía a colocarlas sobre su brazo izquierdo para salir a servirlas a la mesa de su amada, cuando escuchó el fiero y atronador rugido de una motocicleta acercándose. Sin saber a ciencia cierta el porqué, se quedó paralizado durante unos instantes, como si un turbio presentimiento se cerniese sobre él y le impidiese mover un solo músculo.

En aquel momento la bella Sofía, que ya había recobrado la serenidad gracias a unas refrescantes abluciones, y presentaba de nuevo una expresión digna y sosegada, regresaba a la mesa de la terraza, si bien nadie reparó en su presencia, pues toda la concurrencia se había vuelto, instintivamente, hacia la ruidosa moto que se acercaba, acelerando cada vez más, hasta que se detuvo delante de la pizzería durante unos segundos. Entonces se oyó el seco tabletear de una ametralladora, sin que casi nadie pudiese reaccionar de manera alguna.


Pintura: "Night calls"  (" Visita nocturna"),  Jack Vettriano.
Safe Creative #0903152757009

viernes, 25 de mayo de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 7º y última parte.



Tomassino, en un rápido acto reflejo, se echó al suelo, y desde su posición pudo ver cómo volaban por el aire los enseres, el menaje y las vituallas de su cocina, todos ellos despedazados, hechos añicos, entre una atmósfera de polvo y confusión. Cuando hubo cesado el fragor de los disparos, y escuchó alejarse la motocicleta, se levantó y salió, aturdido y dando tumbos, al exterior.

Lo que contempló fue una escena dantesca, la más atroz de las pesadillas: todos los comensales de la terraza se hallaban muertos o malheridos; también la balasera había alcanzado a muchos de los que se encontraban en el comedor interior, y a sus dos ayudantes, si bien estos últimos no daban muestras de que su estado revistiese gravedad. Los gritos de espanto iniciales habían cedido su puesto a los lamentos y gemidos quejumbrosos de los que aún permanecían vivos. Podía escuchar con nitidez el afligido sollozo de una mujer que lloraba a su esposo inerte como una apesadumbrada plañidera.

Don Mario y sus dos acólitos yacían muertos, sin ningún tipo de duda, sobre la mesa y las sillas, descolgados en posturas inimaginables, con las cabezas destrozadas por las balas, y bañados en ríos de sangre. Uno de los esbirros había echado mano de su arma corta, una pistola que Tomassino reconoció como una Parabellum o Luger alemana, pero no parecía que hubiese tenido ni tan siquiera tiempo de disparar, y se había quedado aferrado a ella, con el índice a punto de apretar el gatillo.

Tomassino no les prestó demasiada atención a Don Mario y a los suyos, y avanzó como pudo, tropezando con otra pistola que se les había caído al suelo, esta vez se trataba de una Beretta. Continuó sorteando el mobiliario destrozado, ensangrentado y cubierto de fragmentos de loza, vidrio y los restos de lo que, hasta hacía unos instantes, habían sido suculentos manjares, y se encontró con el voluminoso cadáver de la madre de Sofía. Era más que evidente que la vida ya la había abandonado, puesto que yacía, desmadejada, en posición de decúbito supino, con un rictus mortal y numerosas heridas incisas en el cráneo y en el tórax, producidas por el impacto de las balas. A su lado yacían también los cuerpos de Don Luciano y de su hija Silvana, él tendido en decúbito prono, y la muchacha sobre uno de sus costados, con la taheña melena cubriéndole compasivamente la cara. Apenas si les miró, dado que empleó las escasas energías que parecían quedarle, en dar con el paradero de su amor. No hubo de buscar en exceso, pues la joven se hallaba medio oculta por el mantel de una mesa, a dos o tres palmos de su antecesora; tan sólo sus piernas, con las medias de seda desgarradas a jirones, asomaban por entre la tela de lino repleta de trozos de cristal y lamparones de salsa de tomate, vino, y diversas sustancias ahora irreconocibles. Tomassino apartó como pudo toda aquella repugnante mezcolanza, y retiró parte de la mantelería a un lado.

Comprobó que la ajustada falda de Sofía se había rasgado por su abertura lateral, dejando al descubierto su ropa interior, una pantaleta de crespón rosa, rematada por candorosas puntillas que delineaban dulcemente sus delicadas caderas, su vientre de doncella, apenas abultado, y la convexidad, largamente deseada, de su monte de Venus. Deslizándose sobre sus muslos de sirena, hacían aparición los ligueros negros, ribeteados por sinuosos encajes que despertarían la pasión más encendida en cuantos ojos masculinos tuviesen la suerte de contemplarlos. Empero ya no había pasión que despertar al verla en aquel lastimoso estado, y el pobre Tomassino se apresuró a cubrir las adoradas extremidades, a fin de preservar de la vista ajena, pudorosamente, sus más íntimos tesoros. Y fue en ese momento, cuando utilizó para ello el mantel que hasta entonces le tapaba el torso y el rostro, cuando pudo apreciar que su Sofía aún conservaba la vida. Respiraba con extrema dificultad, eso sí, pero respiraba al fin. Se acerco a su dulce faz y la vio muy pálida, con aquellos ojos enormes abiertos como platos, y la vista perdida en un incierto punto del infinito. Escuchó entonces un leve jadeo que provenía de su garganta. Un hilillo de sangre le corría perpendicular a su barbilla desde la comisura izquierda de la boca, y ésta se abría, una y otra vez, de modo inmisericorde, intentando en vano captar el oxígeno del aire. Al verla, se le antojó un pececillo tratando de respirar fuera del agua, con sus voluptuosos labios abiertos como la valva de la que había nacido la mismísima Afrodita.

Tomassino acercó, por vez primera, su boca a la de su amada, y la besó dilatadamente mientras las babas, que rezumaban con profusión de su cavidad bucal, merced al llanto, y las abrasadoras lágrimas, que resbalaban a raudales por sus curtidas mejillas, se entremezclaban formando un fluido viscoso del cual emanaba todo el desconsuelo del mundo. Su semblante, fruncido y contraído por el dolor, se mostraba más deforme que nunca, y contrastaba con la belleza preternatural de la muchacha, que agonizaba a su lado con una herida abierta sobre el pecho izquierdo, de la cual brotaba la sangre a borbotones, dejando un reguero que teñía de púrpura las losas de la acera.

Acertó a balbucear unas palabras de amor que Sofía ya no pudo discernir, pues en ese momento la oscuridad de la muerte se abatió sobre ella, apagando para siempre el penetrante brillo de su mirada, y Tomassino, consciente del fin de su amada, descorazonado, profirió un lastimero alarido que rasgó el cielo con su aguda intensidad. Con los ojos empañados por el incesante fluir de las lágrimas, hizo acopio de sus últimas fuerzas y pretendió levantar en brazos el cuerpo laxo y deslavazado de su Sofía, pero nada más intentarlo, cayó a plomo hincando sus rodillas sobre el duro pavimento, y soltando, muy a su pesar, la preciada carga. Acto seguido, una horrible punzada lacerante le atenazó el flanco derecho; se llevó a él la diestra, y cuando la vio totalmente ensangrentada, se le nubló la vista y la cabeza comenzó a darle vueltas; todo giraba y giraba en torno a un eje imaginario, se sentía tan mareado que apenas podía conservar la conciencia. Su tronco se dobló bruscamente por la cintura, hacia delante, como el árbol talado por el hacha del impío leñador, y su testa rebotó sobre el tierno lecho que conformaba el talle de su amada, aquel talle de mirto tan puro como las azucenas...

Tomassino Espósito cerró lentamente los párpados y se dispuso a dormir el sueño eterno. Mientras se sumía en la profundidad de las tinieblas, con la cabeza recostada sobre el regazo de su angelical Sofía, le pareció percibir, proveniente de algún ignoto confín, el alegre sonido de una canción napolitana: Jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja', jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja'. Funiculí funiculá, funiculí funiculá, 'ncoppa jammo ja', funiculí funiculá...


FIN.

Pintura: "La mort de Sardanapale"  ("La muerte de Sardanápalo"), 1827, Eugène Delacroix, Museo del Louvre, París.

Safe Creative #0903152757009

Se adjunta vídeo de Youtube con la canción popular napolitana "Funiculí Funiculá", interpretada por José Carreras, Plácido Domingo y el tristemente desaparecido Luciano Pavarotti. 

DETENER EL REPRODUCTOR DEL BLOG, SITUADO EN LA COLUMNA LATERAL IZQUIERDA, ANTES DE INICIAR LA REPRODUCCIÓN DEL VÍDEO DE YOUTUBE.

miércoles, 30 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 1ª parte.

Observo la palma de mi mano, surcada por un planisferio de líneas: de la vida, de la muerte, del corazón, de la mente… todo un atlas universal de arrugas y pliegues  engurruñados, estriados, fruncidos…montes, circos, valles…una variada orografía que se extiende, escasamente, a lo largo y ancho de una cuarta.

Tomo un puñado de arena y consiento que se escurra por entre mis dedos. Aquilato su peso a medida que va cayendo, atraída por las fuerzas del centro de la Tierra. Esta plúmbea arena es dorada como sus ancestros: la mica y el feldespato, e hija predilecta del translúcido cuarzo. Paso las horas muertas contemplando cómo se desliza, una y otra vez, resbalando furtivamente por las articulaciones de mi diestra.

A veces, ensimismado en esta nimia tarea, olvido que sobre mi turbante índigo el cielo es más azul y sol más ardiente. Olvido incluso las crestas de las dunas, que, como lomos de dragones malheridos, se retuercen convulsamente curvándose cual sierpes; y omito recordar la huella zigzagueante que deja tras de sí la fría víbora, al avanzar duna arriba, al retroceder duna abajo…

¿Dónde estás mi querida patria, mi bien amada? Qué no te hallo ni en mis ensoñaciones, qué no te encuentro ni en los versículos que leo y releo todos los atardeceres, antes de que el ígneo sol ceda paso a las argénteas estrellas.

Así estoy, absorto, embebido en mis pensamientos, casi en estado de trance, cuando escucho la dulce voz de mi esposa Yassmine, cuyo nombre le fue asignado aludiendo a la blanca flor de intenso y embriagador perfume. No en vano, mi Yassmine era tan arrebatadora como la más fragante de las flores y tan cautivadora como el terciopelo de sus pétalos.

Ella me llama ahora para que le prepare el té. Todos los días, a diferentes horarios, pero con una mayor calma y sosiego en los momentos que preceden al crepúsculo, yo le escancio un té verde, aromatizado a la menta, hirviente, con una espuma burbujeante que le recuerda la de las olas marinas que un día vio en Essaouira.

Mi adorada Yassmine no era una nómada como yo. La conocí en un ksar marroquí, al pie de la cordillera del Atlas; una fortaleza roja, de tierra y cal apisonadas, que encerraba a su amparo frescos muros de adobe elevados sobre altas torres. Cuando la vi por vez primera, mi corazón experimentó un vuelco, supe de pronto que el amor había tocado a mi puerta. Era una muchacha frágil y hermosa, de piel lustrosa y azafranada, con los ojos cual luceros y los labios de amapola. Un ligero velo blanco le cubría la testa, sin demasiado cuidado, permitiendo vislumbrar el nacimiento de sus brunos cabellos, engalanados éstos con una tiara de monedas de plata y cuentas de ébano que pendían de su frente como se escurre el caudal de un río hecho ya torrente cuando se precipita, cual descontrolada cascada, por insondables abismos.

Así se despeñaron mi seguridad y mi aliento cuando la tuve ante mí; no pude por más que contenerlo admirado ante la belleza de un rostro tan delicado, de una finura sin parangón alguno. A lo largo de mis por entonces dieciocho años, había visto muchachas con la cara descubierta y a algunas las había encontrado preciosas, pero ninguna como Yassmine, ninguna poseía la esencia de un ser celestial engendrado como humano.

Era una mujer moderna y avanzada para su época, esta mi Yassmine. Hasta poseía algunos estudios y ejercía de maestra para las niñas y los varoncitos pequeños de la población, aquéllos que aún no habían ingresado, por edad o vocación, en una madrasa o escuela coránica. Y es que su carácter también iba parejo con su hermosura: era sensible, bondadosa y abnegada a la par que alegre y candorosa como la flor de la cual portaba el nombre. Frisaba ya los dieciséis años y sin embargo su fuerza interior era la de una mujer madura, mientras que su ingenuidad era la propia de una cándida criatura.

CONTINÚA EN LA ENTRADA ANTERIOR (MÁS ANTIGUA).

Pintura: "Unfolding the holy flag"  (Desplegando la bandera santa), 1876, Jean - León Gérôme.
Safe Creative #0911014806253


martes, 29 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 2ª parte.

Recuerdo que Yassmine clavó en mí su mirada según pasé junto a ella, a pie y asiendo las bridas de mi exhausto dromedario. Se fijó sobre todo en mis ojos, que siempre los he tenido profundos y penetrantes, y quizás también llamase su atención mi apostura. Durante mi mocedad y hasta hace bien poco, lucía una figura gallarda y apolínea. Mi buena talla y fortaleza física solían atraer hacia mi persona el interés de las féminas de toda raza y condición. No obstante, era una verdadera lástima que, debido a las tradiciones inherentes a mi origen étnico, hubiera de llevar siempre en público el rostro embozado y se perdieran las mujeres gozar del viril atractivo de mis rasgos, máxime cuando mi boca era realmente agraciada, tanto por los labios carnosos y bien trazados, como por la dentadura que escondía: nívea y correctamente alineada. Remataban la gracia de mis facciones, unos pómulos marcados y un óvalo armonioso, concluido éste en un mentón partido que me proporcionaba un aire aún más masculino si cabía.

Como ya digo, la pena es que tales encantos permaneciesen ocultos a las miradas femeninas, si bien mis ojos, subrayados sempiternamente con la negrura del khol, y mi porte donoso, ya de por sí las atraían. Y eso me congratulaba enormemente, pues a pesar de los preceptos religiosos, mi corazón se azoraba ante la presencia de una mujer bella, sólo intuir su silueta bajo los vaporosos velos, presentir sus formas desnudas apenas rozadas por la suavidad de la liviana tela y la sangre me hervía en las venas con el frenesí de un alazán a punto de montar una yegua.

Siempre he sido un macho ardiente, aunque, desde que el cielo me concedió la ventura de conocer a la que después sería mi mujer, nunca más volví a desear a hembra alguna que no fuese ella. Me sobrecogía de tal manera ante la visión de su cuerpo desnudo: menudo, sensual y voluptuoso, que todo mi universo giraba en torno suyo. Yassmine era mi hurí en la Tierra, no precisaba morirme y ascender al Paraíso para gozar de ella. Allí la tenía, ante mí, la más sublime de las beldades, con aquella sonrisa untuosa, de manteca y miel, que me derretía, que me convertía en su manso esclavo cada vez que acariciaba su sedosa piel o besaba sus turgentes pechos, coronados por oscuras y grandes areolas que festoneaban los apuntados pezones.

Ya desde el primer encuentro, desde que coincidimos bajo la puerta de la muralla de su Ksar, y nuestros ojos se cruzaron, supe que aquella joven, casi una niña, sería para mí. Y desde entonces luché contra todo y contra todos por conseguirla, teniendo siempre en mi mente el deseo vivo de hacerla mía en cuanto pudiese desposarla, pues por nada pretendía yo, amándola como la amaba, deshonrarla.

A partir del inicio de nuestra relación, comencé a imaginármela libre de velos y ropajes y fantaseaba, con lujuria desmedida, con encontrarme yaciendo entre sus cálidos y húmedos muslos, bañado en sudor y poseyéndola una y otra vez, apasionadamente, al ritmo de mi jadeante respiración o libando con fruición el sabroso néctar que manaba de sus entrañas merced a nuestra desorbitada concupiscencia. Mi mente y mi cuerpo llegaban a tal extremo de excitación cuando estaba en su presencia, que me costaba refrenarme, e, incapaz de hacerlo, acudía a trucos varios para escapar a mi libidinoso estado y reducir en lo posible la desmesurada lubricidad que su sola visión me provocaba, avergonzado ante ella de presentar tales indicios de lascivia e impudicia.

Algunos de aquellos trucos consistían en recurrir a inocentes recuerdos pueriles, tales como contar mentalmente los camellos de mi padre o recordar las mil y una peripecias acontecidas durante mi infancia. Cuando todo esto fallaba, recurría a la religión como contrapunto a la expresa carnalidad de mi deseo y repasaba las palabras que había escuchado en el último sermón del imán de turno, dado que un nómada como yo acudía acá y acullá a la mezquita que tuviese más cercana.

CONTINÚA EN LA ENTRADA ANTERIOR (MÁS ANTIGUA).

Pintura: "A moorish bath" o "Turkish woman bathing"  ("Un baño morisco" o "Mujer turca bañándose"), 1870, Jean-León Gérôme.
Safe Creative #0911014806253


domingo, 27 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 3ª parte.

Mi amada esposa Yassmine me espera en nuestra jaima para que le sirva, tan ceremoniosamente como siempre suelo hacer, el fragante té. Antes la he visto extraer, de un pequeño baúl, los vasitos que guarda para las ocasiones especiales. Son de vidrio coloreado en tonos muy vivos y decorados con unos ingenuos motivos florales. Y es que hoy es un gran día: por fin ha venido a visitarnos nuestro primogénito Yussuf. El mayor de nuestros seis hijos ha llegado hace apenas unas horas, procedente de París, ciudad en la que reside desde hace muchos años. A veces nos visita en compañía de su mujer y sus dos niños, pero esta vez lo ha hecho solo y aunque pasamos pena por no ver a nuestros preciosos nietos, su sola presencia nos reconforta.

Todos nuestros hijos y nietos sufren una dolorosa diáspora, el exilio penoso y obligatorio de aquéllos que, por no tener, no tienen ni siquiera patria. ¡Cuán dura es la vida del desierto…! Pero cuánto más amarga y lacerante es la vida cuando no hay ni arena, ni la visión de las infinitas y serpenteantes dunas ante una paupérrima jaima…Y es que sólo hambre y miseria, y desesperación eterna, esperan a nuestro pueblo, a ese pueblo del que nadie ya se acuerda, que parece que ni existe…al pueblo saharaui.

Y pensar que un día fuimos amos y señores del desierto…que nada ni nadie doblegaba a los hombres y mujeres de azul, a los que vivían según sus propias leyes y conceptos, enarbolando la bandera de su libertad…Pero ahora la triste realidad nos aboca a la condición de mendigos, mendigos de tierra y pan, de arena y agua que nos permitan la supervivencia y sino…¿qué nos queda? La diáspora como única salida, el desmembramiento de nuestras familias, de nuestras tribus y clanes, de nuestra sociedad y por ende, de nuestra cultura. Toda una lección histórica de renuncias y, sobre todo, de ceguera, de ofuscada ceguera por parte del resto de la humanidad, que permite tales atropellos sin el más leve pestañeo.

CONTINÚA EN LA ENTRADA ANTERIOR (MÁS ANTIGUA).

Pintura: "El dúo", Gyula Tornai  (1861-1928).

Safe Creative #0911014806253

viernes, 25 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 4ª parte.

Mi amada Yassmine sabe como nadie de lo que hablo y sabe de renuncias, porque ella hubo de renunciar a los suyos y a su tierra para seguirme, por amor, por el más puro y excelso amor de cuantos hayan existido. Y ella, una marroquí en tiempos de la Marcha Verde, tuvo que tomar partido por el bando del hombre al que amaba, en contra de las disposiciones de su familia y hubo de huir en plena noche para reunirse conmigo. Toda nuestra ulterior existencia en común estuvo marcada por la guerra y las necesidades económicas.  Nuestros hijos iban naciendo sin la presencia de su padre, puesto que yo comandaba una célula del Frente Polisario y sólo en contadas ocasiones podía reunirme con ella y amarla como sólo sabía amarla: en cuerpo y alma.

Fruto de aquellos esporádicos encuentros amorosos, nacían las criaturas que colmaban de felicidad nuestras austeras y severas vidas. Esos retoños a los que mi esposa criaba con denodado sacrificio, eran el motivo que nos impulsaba a seguir, a continuar luchando, porque ellos, el fruto de nuestra ardiente pasión, eran el futuro por el que no se debía regatear ningún esfuerzo.

Y al final… ¿para qué? Tanto Yassmine como yo ya somos dos ancianos y nuestros hijos han tenido que buscarse la vida a miles de kilómetros de nosotros, privándonos de su presencia, de su deseada compañía. Nuestra existencia no ha sido fácil, no, no lo ha sido, pero aun así, no renunciaría a ninguno de los momentos vividos al lado de mi amada, de mi hermosa hurí, de mi Yassmine…

Ni siquiera las mil y una dificultades y vicisitudes vividas, ni el cruel e inexorable tiempo, que han arado la otrora tersa piel de mi adorada Yassmine, con la  indeleble huella de decenas de profundos surcos, han podido apagar el intenso brillo de su mirada. Sus ojos aún lucen el esplendor del pasado sobre esa tenue raya de khol que, cual oscuro lindero, les infunde la profundidad de toda una vida pletórica de emoción y de entrega. Así es la mirada de mi Yassmine: deslumbrante como el fulgor de una rutilante estrella.

Y ahora me voy a servir ese espumante té verde bajo mi humilde jaima y a degustarlo y disfrutar de su penetrante aroma a menta, en compañía de mi muy querido hijo y de mi bien amada Yassmine, la más dulce y exquisita de las flores, que ha sido, en mi penosa vida, una eterna primavera.

 FIN. 

Pinturas:  "A beduin arab"  (Un beduino árabe), 1891, John Singer Sargent.
                 "Camellos en una travesía", 1857, Jean León Gérôme.

Safe Creative #0911014806253

lunes, 22 de marzo de 2010

CONTANDO LOS DÍAS...

Depositó su cigarrillo sobre el cenicero atestado de colillas para saborear un sorbo de aquel café azucarado y cargado con el que intentaba ahuyentar el sueño y con él, los fantasmas que solían acompañarle. Volvió a tomar entre sus dedos el cigarro para inhalar de nuevo el humo, como si pretendiese que esa etérea y aromática estela gaseosa llenase su interior y disipase el vacío existencial que en esos momentos sentía. Tecleaba lentamente, con desgana, su vieja “Olivetti”, como si las musas le hubiesen abandonado y fuese incapaz de escribir algo coherente y dotado de sentido, y desechaba, una y otra vez, las cuartillas medio escritas, dejándolas caer al lado de sus pies tras haberlas engurruñado no sin cierta desesperación.

Se levantó y se dirigió hacia la ventana, apartó la cortina y divisó la calle en aquella madrugada húmeda y gris. Un regato corría veloz por el centro de la calzada, como el vestigio que era de la incesante y copiosa lluvia que había caído a lo largo de la noche. Ahora que el cielo comenzaba a clarear y las nubes habían acallado su clamor, ahora que la alborada se tornaba gozosa bajo el rosado resplandor de un tímido sol, recordaba a Magda, desapareciendo de su vida calle abajo, llevándose con ella su mirada del color del mar, aquella mirada que él había amado hasta la saciedad…

Y también recordó cómo, poco tiempo después, había conocido, por mor de la más completa casualidad, tal y como sucede todo en esta vida, a su niña de ojos vivaces, brunos cabellos y tez de nácar. Ni siquiera sabía aún cómo llamarla, sólo sabía que había irrumpido en su existencia inesperadamente, como un torbellino de fuego y pasión, calzada con unos zapatos rojos de charol y enfundada en unas medias de seda, mostrando su cuerpo desnudo sin la menor inhibición ni pudicia, con la misma sinceridad con que le mostraba el corazón…

También ella se había ido calle abajo, iluminada por las luces tornasoladas de otra aurora más cercana, pero, a diferencia de Montse, él sabía que pronto, muy pronto, volvería a ver el brillo de sus expresivos ojos castaños y a libar el dulce néctar de sus labios. Tan sólo contaba los días…

Pintura: "Night geometry" (Geometría nocturna),  Jack Vettriano.

Safe Creative #0911144882837

martes, 23 de febrero de 2010

"LA CANTINA DE LA LEONA" (1º parte).

La Estación Espacial AC-3 se ubica en los confines de nuestro sistema solar, más allá de la órbita del planeta enano Plutón. De forma cilíndrica y con una gravedad muy estable, es lugar de visita ineludible para aquellas naves interestelares que pretenden iniciar su singladura en pos del hiperespacio.

Dichas naves pueden aprovisionarse a fondo en la estación, adquiriendo los más diversos productos necesarios para garantizar un viaje grato y placentero. Varios gigamercados se encargan de satisfacer al más exigente consumidor.

La Estación Espacial AC-3 ofrece también actividades y establecimientos dedicados al ocio, para que los tripulantes y pasajeros de paso empleen su tiempo libre y se diviertan a sus anchas con un amplio abanico de lúdicas posibilidades.

Uno de estos locales que brindan entretenimiento al visitante es "La Cantina De La Leona." De modestas dimensiones, es ante todo un sitio íntimo, agradable, acogedor…

La cantina toma su nombre de una enorme leona del Atlas disecada por algún malévolo taxidermista, que se alza altiva sobre una plataforma de centelleante acero, dominando a la concurrencia. La clientela se agrupa en torno a pequeños veladorcitos circulares, iluminados tenuemente mediante lamparillas de mesa que emergen en el centro de los mismos. Los citados veladores bordean un minúsculo escenario desde el cual algunos artistas deleitan al variopinto público con sus actuaciones.

El tequila corre a raudales cuando Lola sube a ese escenario, enfundada en un ajustadísimo traje negro de charro con las botonaduras de plata. Luce asimismo, un pesado sombrero mexicano con bordados de pedrería, sobre su brillante melena del color del azabache.

Apenas comienza a entonar un corrido, esta mariachi  femenina, recibe ya una primera ovación de los espectadores que abarrotan el garito. Es la estrella indiscutible del lugar y a su vez la propietaria del mismo. Hubo un tiempo en que compartió con su marido la regencia del pequeño cabaret, pero él se fue con otra fémina más joven, dejándola sola, abandonándola a merced de sus incondicionales seguidores. 

Empero Lola no se arredra ante nada, es una mujer fuerte, hecha a sí misma y confía en Tiké, la diosa Fortuna, aquélla que ya le proporcionase la dicha de conocer a su nuevo amado. Un amor inconfesado aún, secreto, que ella guarda celosamente en lo más profundo de su ser.

Y ahora él está ahí, frente a ella, sentado ante una de las mesillas, justo delante del escenario. La mira embelesado, con los ojos húmedos, con los labios entreabiertos, esbozando una ligera sonrisa y aplaude con fuerza, con fiereza, cuando Lola, tras un breve saludo, emite las primeras notas de su canción.

Él también la ama, como amó a otra Lola, a su Dolores, su compañera de tantos años difíciles, mujer de excepción, una de entre un millón... Su Lola tenía los más arrebatadores ojos verdes que él nunca hubiera visto. Una mirada felina, rasgada, hechizante…mas también se fue un día. Partió sin previo aviso a bordo de una embarcación vikinga…
CONTINÚA EN LA ENTRADA ANTERIOR (MÁS ANTIGUA).

Pintura: "La gitana durmiente", 1897, Henri Rousseau.

Safe Creative #0903152756828
Related Posts with Thumbnails

"Tepidarium", Sir Lawrence Alma Tadema.

"Marco Antonio y Cleopatra", Sir Lawrence Alma Tadema.