miércoles, 30 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 1ª parte.

Observo la palma de mi mano, surcada por un planisferio de líneas: de la vida, de la muerte, del corazón, de la mente… todo un atlas universal de arrugas y pliegues  engurruñados, estriados, fruncidos…montes, circos, valles…una variada orografía que se extiende, escasamente, a lo largo y ancho de una cuarta.

Tomo un puñado de arena y consiento que se escurra por entre mis dedos. Aquilato su peso a medida que va cayendo, atraída por las fuerzas del centro de la Tierra. Esta plúmbea arena es dorada como sus ancestros: la mica y el feldespato, e hija predilecta del translúcido cuarzo. Paso las horas muertas contemplando cómo se desliza, una y otra vez, resbalando furtivamente por las articulaciones de mi diestra.

A veces, ensimismado en esta nimia tarea, olvido que sobre mi turbante índigo el cielo es más azul y sol más ardiente. Olvido incluso las crestas de las dunas, que, como lomos de dragones malheridos, se retuercen convulsamente curvándose cual sierpes; y omito recordar la huella zigzagueante que deja tras de sí la fría víbora, al avanzar duna arriba, al retroceder duna abajo…

¿Dónde estás mi querida patria, mi bien amada? Qué no te hallo ni en mis ensoñaciones, qué no te encuentro ni en los versículos que leo y releo todos los atardeceres, antes de que el ígneo sol ceda paso a las argénteas estrellas.

Así estoy, absorto, embebido en mis pensamientos, casi en estado de trance, cuando escucho la dulce voz de mi esposa Yassmine, cuyo nombre le fue asignado aludiendo a la blanca flor de intenso y embriagador perfume. No en vano, mi Yassmine era tan arrebatadora como la más fragante de las flores y tan cautivadora como el terciopelo de sus pétalos.

Ella me llama ahora para que le prepare el té. Todos los días, a diferentes horarios, pero con una mayor calma y sosiego en los momentos que preceden al crepúsculo, yo le escancio un té verde, aromatizado a la menta, hirviente, con una espuma burbujeante que le recuerda la de las olas marinas que un día vio en Essaouira.

Mi adorada Yassmine no era una nómada como yo. La conocí en un ksar marroquí, al pie de la cordillera del Atlas; una fortaleza roja, de tierra y cal apisonadas, que encerraba a su amparo frescos muros de adobe elevados sobre altas torres. Cuando la vi por vez primera, mi corazón experimentó un vuelco, supe de pronto que el amor había tocado a mi puerta. Era una muchacha frágil y hermosa, de piel lustrosa y azafranada, con los ojos cual luceros y los labios de amapola. Un ligero velo blanco le cubría la testa, sin demasiado cuidado, permitiendo vislumbrar el nacimiento de sus brunos cabellos, engalanados éstos con una tiara de monedas de plata y cuentas de ébano que pendían de su frente como se escurre el caudal de un río hecho ya torrente cuando se precipita, cual descontrolada cascada, por insondables abismos.

Así se despeñaron mi seguridad y mi aliento cuando la tuve ante mí; no pude por más que contenerlo admirado ante la belleza de un rostro tan delicado, de una finura sin parangón alguno. A lo largo de mis por entonces dieciocho años, había visto muchachas con la cara descubierta y a algunas las había encontrado preciosas, pero ninguna como Yassmine, ninguna poseía la esencia de un ser celestial engendrado como humano.

Era una mujer moderna y avanzada para su época, esta mi Yassmine. Hasta poseía algunos estudios y ejercía de maestra para las niñas y los varoncitos pequeños de la población, aquéllos que aún no habían ingresado, por edad o vocación, en una madrasa o escuela coránica. Y es que su carácter también iba parejo con su hermosura: era sensible, bondadosa y abnegada a la par que alegre y candorosa como la flor de la cual portaba el nombre. Frisaba ya los dieciséis años y sin embargo su fuerza interior era la de una mujer madura, mientras que su ingenuidad era la propia de una cándida criatura.

CONTINÚA EN LA ENTRADA ANTERIOR (MÁS ANTIGUA).

Pintura: "Unfolding the holy flag"  (Desplegando la bandera santa), 1876, Jean - León Gérôme.
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