martes, 26 de enero de 2010

DORJE, UN PEREGRINO EN LHASA.

La figura menuda y enjuta, el cráneo rasurado, la piel tostada, curtida y acartonada prematuramente por el inclemente sol, enmugrecida por el polvo de los caminos de tantos y tantos días de arduo peregrinaje. Las ropas andrajosas y sucias, a pesar de la protección que ofrece un amplio delantal de cuero. Un par de sandalias preservan sus manos de la erosión cada vez que hinca sus rodillas en tierra y extiende su cuerpo longitudinalmente sobre el suelo.

Dorje, cuyo nombre le fue impuesto en honor del símbolo de la tormenta, ha recorrido la distancia que separa su Gyantsé natal de Lhasa, la Ciudad Santa tibetana, realizando continuas postraciones, una por cada tres pasos, como mandan los antiguos preceptos del budismo tántrico.

Ahora por fin ha consumado su largo periplo y ha alcanzado su ansiada meta. Acaba de entrar en la Plaza del Barkhor y al fondo vislumbra la mítica silueta del Templo del Jokhang, la Tshuglakhang o catedral del Tíbet, recortándose en el cielo azul plomizo, coronada por el áureo resplandor del Dharmachakra. Y esa visión ilumina su extenuado rostro con una jubilosa expresión de éxtasis.


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