lunes, 22 de febrero de 2010

"LA CANTINA DE LA LEONA" (2º parte).

Él la siguió en un viaje digno del mismísimo Orfeo, pero, considerando oportuno realizar una escala, recaló en la Estación Espacial AC-3, vagó durante un tiempo indeterminado por callejuelas y callejones, entre el tumultuoso gentío y fue a dar con la puerta entornada de La Cantina De La Leona. La franqueó tras empujarla levemente, quizás animado por el sugerente nombre, los recuerdos de antaño y su amor por la fauna salvaje terrícola, cuando él era guarda del keniata Parque Nacional de Amboseli.

Levantó la vista y ésta se encontró con la imponente figura de la leona, impertérrita, con su aire de reina africana y seguidamente escuchó una voz que parecía provenir de un almacén anexo. Era la de Lola, que le pedía amablemente que abandonase la sala porque aún no estaba abierta al público. Cuando se disponía a irse, ella se arrepintió de su anterior petición y le rogó que se quedase, que le hiciese compañía hasta la hora oficial de apertura.

Entre tragos de mezcal reposado hablaron largamente, sin percatarse siquiera de que la bailarina del vientre egipcia ya se hallaba ejecutando su danza mientras los varones la requebraban con lascivia al avistar sus carnes semidesnudas.

Supo entonces que esta otra Lola, la mariachi, era solamente siete años más joven que él, aunque ni el tiempo ni las vicisitudes de su azarosa existencia habían dejado mella alguna en su nívea piel ni en su carácter de eterna adolescente. De complexión menuda, aunque voluptuosa, sus facciones eran netamente caucasianas, si bien su oscura cabellera y su primer apellido, Ixtlilxochitl, de claro origen nahua, eran herederos de un antepasado paterno, descendiente directo de un soberano chichimeca del México prehispánico, en la madre Tierra.

Durante esas horas de sosegada charla, los hermosos ojos negros de él se clavaron en los dorados de ella y viceversa, surgiendo así la semilla de un enamoramiento clandestino que fue “in crescendo” día tras día.

La nave de él permaneció atracada de forma permanente. Mientras, el hombre ocupaba sus jornadas de asueto en acudir a la cantina para así gozar de la presencia de su nueva amada, la que compartía el mismo nombre, impronunciable para él, que aquélla a quien tanto aún quería.

Cuando Lola, su reciente amor, como ahora estaba haciendo, entonaba sus corridos y rancheras, él la sentía próxima, la amaba con toda la pasión de que era capaz su corazón y por unos momentos se olvidaba de su pérdida y su desdicha para desearla y hacerla suya mentalmente. La desnudaba en sus ensoñaciones, podía adivinar incluso el peso de los rotundos senos de ella debajo de aquel ceñido atuendo. Las creía unas formas casi perfectas, suaves y mullidas semiesferas que le remitían a las cúpulas de la lejana Estambul, cuyas sombras cobijaran a sultanes y odaliscas.

Y era tal ya el amor que sentía por esta nueva Lola, tan distinta y tan idéntica a su Dolores, que el alma se le encogía sólo de pensar en ella. Y era tal el frenesí que Lola experimentaba por él, que se estremecía y comenzaba a temblar cada vez que le tenía delante, como en estos momentos.

Sonaron los últimos acordes de "El Rey" y Lola se quitó el sombrero arrojándoselo a su amado, quien lo recogió al vuelo, lo apretó entre sus manos y percibió el intenso perfume que emanaba de él. Era la fragancia de esta hembra cautivadora que había entrado en su vida como una intrusa y a la que ya no podría renunciar jamás. Ambos se miraron mientras sonaban los aplausos y ella hacía una genuflexión. Se miraron muy profundamente a los ojos y emocionados, las lágrimas, incontenibles, brotaron de ellos.

Más arriba, sobre la fría plataforma, la leona también les observaba con sus vítreas pupilas. Muda testigo de un amor aún no declarado, tal vez imposible, allí, en el postrer lindero de nuestro sistema solar, más allá de un pequeño planeta conocido como Plutón…

FIN

Pintura: "El abrazo del Amor del Universo, la Tierra, Diego, yo, el Sr. Xolotl", 1949, Frida Kahlo.
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