miércoles, 30 de mayo de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 5ª parte



Don Luciano tomó nota del pedido de la mesa tres, de la mesa de Sofía, y se la pasó a Tomassino, quien se dispuso a realizar los platos encargados como si la vida le fuera en ello. Sirvió unos antipasti en las fuentes más bonitas con que contaba la vajilla del restaurante, y los decoró con esmero para mayor agrado de su amada. La hija de Don Luciano, Silvana, una joven rubicunda y vigorosa, intentó llevarlos a la mesa de Sofía no sin antes forcejear con Tomassino y ganar éste la disputa.

Salía Tomassino portando una bandeja con los antipasti variados para Sofía, cuando vio llegar y tomar asiento, ante la mesa dos de la terraza, a Don Mario Pagano, el hombre a quien él y su familia tanto debían. Era éste un varón de mediana edad, de cabellos entrecanos y porte distinguido, alto, delgado, y vestido con un traje negro entreverado con finas rayas blancas. Una camisa de seda, la corbata negra y el sombrero de fieltro, también negro, le aportaban un donaire difícil de superar por los presentes. Le acompañaban sus dos hombres de confianza, fornidos, hercúleos, luciendo indumentarias casi tan exquisitas como la suya.

El dueño de la pizzería, Don Luciano, se apresuró a retirarles las sillas en un gesto de estudiado servilismo, mientras sonreía parca y nerviosamente. Tomassino les saludó, asimismo, con otra sonrisa que más bien semejaba una mueca, y con un leve movimiento de cabeza de signo afirmativo. Estaba habituado a recibir a Don Mario a diario, pero no por ello se aclimataba a aquel ambiente de tensión que permanecía latente mientras Don Mario y sus gángsteres continuasen allí.

Don Mario Pagano era un capo de la Camorra, oriundo de Boscoreale, que se había enseñoreado con el control del contrabando y todo el tráfico de índole delictivo de la ciudad. Había pocos clanes que se atreviesen a hacerle frente, de hecho, él era en aquellos momentos el dueño y señor de Nápoles. Aún así, Don Mario se mantenía fiel a su pasado, y pese a su altanería y arrogancia, frecuentaba la humilde pizzería donde su padre, un indigente pobre de solemnidad, había obtenido tantas y tantas refacciones gratuitas por mor del piadoso corazón de Vicenzo di Stefano, el malogrado ascendiente de Don Luciano.

Don Mario, como de costumbre, pidió una botella de "Lachryma Christi" mientras hojeaba el papel que, a modo de carta, presentaba el escueto, pero sabroso, menú que la pizzería ofertaba para el día. La joven Silvana le escanció el vino en una copa de cristal de Bohemia, de la cristalería que se utilizaba para uso exclusivo suyo. A Don Mario, acostumbrado a ver mujeres hermosas, le agradaba que le sirviese las viandas Silvana, la risueña hija de Don Luciano. Le gustaban las muchachas vivarachas, y Silvana lo era, sin lugar a dudas, y además poseía un gran atractivo sexual: era una jovencita pelirroja de caderas anchas, nalgas prominentes, y sus senos, rotundos y firmes, se bamboleaban arriba y abajo al compás de sus movimientos. Cuando Silvana se acercaba con las manos ocupadas por platos y bandejas, él, pícaramente, aprovechaba a pellizcarla en el trasero, cuidando de que el padre de la chica no le viese para no afrentarle, y cada vez que ella se inclinaba sobre la mesa para servirle, deslizaba los ojos, sin la menor pudicia, por la abertura de la blusa de la muchacha, acertando a vislumbrar, a veces, un travieso pezón que se moviese libre de la atadura de  sostén alguno, por entre la vaporosa tela.

Don Mario les hacía guiños de complicidad a sus matones sobre la ingenua adolescente, entre bromas veladas y risotadas que denotaba13n su deseo por poseer y desflorar a la púber. Sólo había algo que refrenaba los más bajos instintos de aquel hombre que manejaba también el negocio de la prostitución de toda la urbe, y ese algo era la gratitud que le adeudaba a la familia de Don Luciano por el trato tan humanitario que le habían proporcionado a su progenitor cuando éste más lo necesitaba.

Pintura: "Chica con un nido"  (1869), Charles Chaplin, Museo de Bellas Artes de Lyon, Francia.

Safe Creative #0903152757009

sábado, 26 de mayo de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 6ª parte



Quizás por eso Don Mario se había apercibido de la presencia de aquella otra joven tan bella que, desde hacía unos días, almorzaba en la mesa contigua acompañando a una gruesa señora. Se había fijado en el refinamiento de sus modales a la hora de sujetar los cubiertos, en su mesura para hablar, y en la timidez de la que hacía gala cuando sus miradas se cruzaban. Y cuando esto sucedía, cuando sus ojos encontraban los de ella, se sentía un león atrapando a su gacela, le daba caza una y otra vez, y la despedazaba a besos y a mordiscos, e imaginaba la sangre roja e hirviente de ella manando a borbotones y tintando de carmesí su tez de ninfa. Sólo mirarla, sólo atisbar su egregia efigie de casta diva, y el corazón se le salía por la boca de deseo contenido. Don Mario Pagano, aquél que esclavizaba a cientos de mujeres napolitanas, había caído también rendido ante el fascinante hechizo de Sofía.

El capo alzó su copa en señal de saludo hacia Sofía y su madre, y el sol, que había llegado ya a su cenit, traspasó, con sus centelleantes rayos, una rendija abierta en la lona del entoldado, y alcanzó el "Lachryma Christi", irradiando los destellos y tonalidades propios de un rutilante rubí facetado. La madre de Sofía asintió con gratitud ante semejante gesto, y Don Mario se dirigió a ellas con magistral oratoria:

- ¿Saben, señoras mías, que éste es un vino único en el universo?-, les espetó, alzando la voz, no sin cierta petulancia -. Una antigua leyenda asegura que el diablo se llevó un trozo del cielo y que después lo dejó caer aquí, en Nápoles, al pie del mismo Vesubio. Y cuando Jesús, nuestro Señor, supo del hurto de Lucifer, no pudo por menos que llorar, y sus benditas lágrimas, las lágrimas de Cristo, cayeron sobre nuestra bienaventurada tierra, y de ella brotaron las cepas que dieron origen al vino. Éste, señoras, es el mejor y el más antiguo de los vinos del mundo, paladearlo es un privilegio reservado sólo a muy pocos.

Y tras concluir su discurso, hizo traer una botella del mismo caldo para la mesa de las dos mujeres. Se trataba de un "Mastroberardino", de una reserva especial, que Don Luciano atesoraba como oro en paño, en el fondo de su bodega.

La madre de Sofía se mostró sorprendida y muy agradecida por el singular obsequio, y la hermosa joven bajó la cabeza, ruborizada y turbada ante la insolente mirada de Don Mario, que la desnudaba en cuerpo y alma inspeccionando minuciosamente cada detalle, cada poro de su piel. No pudiendo resistir el examen ocular del que estaba siendo objeto, Sofía se levanto y se dirigió al lavabo, con el ánimo de refrescarse la cara, que le ardía de vergüenza, y escapar a tan embarazosa situación.

No bien se hubo levantado, y los ojos de Don Mario y sus secuaces la siguieron, recorriendo con desmedido atrevimiento, la curvatura de sus prietos glúteos y de sus ondulantes caderas, que se contoneaban, sin proponérselo, cada vez que sus largas piernas avanzaban un paso encaramadas sobre aquellos elevados tacones. Y escrutaban también, sin la menor conmiseración, incluso las costuras posteriores de sus sedosas medias negras, que tremolaban oscilantes, como dos sierpes encantadas, al ritmo de su acompasado caminar. Los tres malhechores la deseaban con vehemencia, como la deseaba cada hombre que se cruzaba en su camino. Sofía no podía dejar indiferente a nadie, poseía el don de la belleza en grado superlativo, y era ese don una cualidad más propia de las deidades que poblaban los paraísos celestiales, que del común de los mortales.

Don Mario daba buena cuenta de un plato de "tortiglioni con rraù napoletano", regado abundantemente por su "Mastroberardino" preferido, mientras sus dos guardaespaldas le acompañaban, ahora silentes, escudriñando pausadamente, desde sus asientos, cada rincón de la calleja, en busca de un posible peligro. Uno de ellos, Giuseppe De Palma, un hombre joven, pero de apariencia ligeramente avejentada por sus duros y adustos rasgos faciales, extrajo un pañuelo del bolsillo de su americana y procedió a secarse el sudor que se le escurría por la frente a causa del considerable calor del mediodía. Don Mario se percató de la perentoria necesidad que tenían sus sicarios de reponer líquidos, y con una actitud generosa, impropia de él en situaciones similares, requirió a la ingenua y campechana Silvana, para que les sirviese una jarra de agua fresca.

- Mocita, tráeles a éstos agüita clara, anda, que se me van a resecar con tanta sudoración -. Dijo vociferando, como buen napolitano, a la par que soltaba una sardónica carcajada.

- Si, Don Mario, como usted mande, ahora mismo se la traigo-. Respondió sumisa la chica, emprendiendo una carrerilla hasta la cocina.

Entretanto, la madre de Sofía departía con Don Luciano sobre el origen de la Puerta de San Genaro, que tenían tras de ellos a modo de teatral decorado. Ella parecía ser una erudita en la materia, no en vano le recalcó al hostelero que su malogrado cónyuge había sido profesor universitario de Historia Antigua, y que de él había adquirido ella algunos de esos significativos conocimientos.

- No, no, Don Luciano, esta puerta ya estaba ahí en la época de la Roma Imperial, hombre, si lo sabré yo, y mucho antes también, que no me lo habrá relatado mi querido marido, que en gloria esté el pobrecito, pocas veces -. Repuso la gruesa señora con aires de sabihonda-. Lo que sí, que no tenía el aspecto que usted ve ahora, eso por supuesto, cada época le ha ido añadiendo unas cosas y restándole otras.

- Bueno, bueno, señora, si usted lo dice será verdad, no lo dudo-. Le confirmó el restaurador sin demasiadas ganas de discutir sobre el tema.

Tomassino, ensimismado en sus quehaceres, aliñaba con una aromática albahaca las dos pizzas que Sofía y su madre habían pedido como primer plato, y ya se disponía a colocarlas sobre su brazo izquierdo para salir a servirlas a la mesa de su amada, cuando escuchó el fiero y atronador rugido de una motocicleta acercándose. Sin saber a ciencia cierta el porqué, se quedó paralizado durante unos instantes, como si un turbio presentimiento se cerniese sobre él y le impidiese mover un solo músculo.

En aquel momento la bella Sofía, que ya había recobrado la serenidad gracias a unas refrescantes abluciones, y presentaba de nuevo una expresión digna y sosegada, regresaba a la mesa de la terraza, si bien nadie reparó en su presencia, pues toda la concurrencia se había vuelto, instintivamente, hacia la ruidosa moto que se acercaba, acelerando cada vez más, hasta que se detuvo delante de la pizzería durante unos segundos. Entonces se oyó el seco tabletear de una ametralladora, sin que casi nadie pudiese reaccionar de manera alguna.


Pintura: "Night calls"  (" Visita nocturna"),  Jack Vettriano.
Safe Creative #0903152757009

viernes, 25 de mayo de 2012

"ESTAMPA NAPOLITANA", 7º y última parte



Tomassino, en un rápido acto reflejo, se echó al suelo, y desde su posición pudo ver cómo volaban por el aire los enseres, el menaje y las vituallas de su cocina, todos ellos despedazados, hechos añicos, entre una atmósfera de polvo y confusión. Cuando hubo cesado el fragor de los disparos, y escuchó alejarse la motocicleta, se levantó y salió, aturdido y dando tumbos, al exterior.

Lo que contempló fue una escena dantesca, la más atroz de las pesadillas: todos los comensales de la terraza se hallaban muertos o malheridos; también la balasera había alcanzado a muchos de los que se encontraban en el comedor interior, y a sus dos ayudantes, si bien estos últimos no daban muestras de que su estado revistiese gravedad. Los gritos de espanto iniciales habían cedido su puesto a los lamentos y gemidos quejumbrosos de los que aún permanecían vivos. Podía escuchar con nitidez el afligido sollozo de una mujer que lloraba a su esposo inerte como una apesadumbrada plañidera.

Don Mario y sus dos acólitos yacían muertos, sin ningún tipo de duda, sobre la mesa y las sillas, descolgados en posturas inimaginables, con las cabezas destrozadas por las balas, y bañados en ríos de sangre. Uno de los esbirros había echado mano de su arma corta, una pistola que Tomassino reconoció como una Parabellum o Luger alemana, pero no parecía que hubiese tenido ni tan siquiera tiempo de disparar, y se había quedado aferrado a ella, con el índice a punto de apretar el gatillo.

Tomassino no les prestó demasiada atención a Don Mario y a los suyos, y avanzó como pudo, tropezando con otra pistola que se les había caído al suelo, esta vez se trataba de una Beretta. Continuó sorteando el mobiliario destrozado, ensangrentado y cubierto de fragmentos de loza, vidrio y los restos de lo que, hasta hacía unos instantes, habían sido suculentos manjares, y se encontró con el voluminoso cadáver de la madre de Sofía. Era más que evidente que la vida ya la había abandonado, puesto que yacía, desmadejada, en posición de decúbito supino, con un rictus mortal y numerosas heridas incisas en el cráneo y en el tórax, producidas por el impacto de las balas. A su lado yacían también los cuerpos de Don Luciano y de su hija Silvana, él tendido en decúbito prono, y la muchacha sobre uno de sus costados, con la taheña melena cubriéndole compasivamente la cara. Apenas si les miró, dado que empleó las escasas energías que parecían quedarle, en dar con el paradero de su amor. No hubo de buscar en exceso, pues la joven se hallaba medio oculta por el mantel de una mesa, a dos o tres palmos de su antecesora; tan sólo sus piernas, con las medias de seda desgarradas a jirones, asomaban por entre la tela de lino repleta de trozos de cristal y lamparones de salsa de tomate, vino, y diversas sustancias ahora irreconocibles. Tomassino apartó como pudo toda aquella repugnante mezcolanza, y retiró parte de la mantelería a un lado.

Comprobó que la ajustada falda de Sofía se había rasgado por su abertura lateral, dejando al descubierto su ropa interior, una pantaleta de crespón rosa, rematada por candorosas puntillas que delineaban dulcemente sus delicadas caderas, su vientre de doncella, apenas abultado, y la convexidad, largamente deseada, de su monte de Venus. Deslizándose sobre sus muslos de sirena, hacían aparición los ligueros negros, ribeteados por sinuosos encajes que despertarían la pasión más encendida en cuantos ojos masculinos tuviesen la suerte de contemplarlos. Empero ya no había pasión que despertar al verla en aquel lastimoso estado, y el pobre Tomassino se apresuró a cubrir las adoradas extremidades, a fin de preservar de la vista ajena, pudorosamente, sus más íntimos tesoros. Y fue en ese momento, cuando utilizó para ello el mantel que hasta entonces le tapaba el torso y el rostro, cuando pudo apreciar que su Sofía aún conservaba la vida. Respiraba con extrema dificultad, eso sí, pero respiraba al fin. Se acerco a su dulce faz y la vio muy pálida, con aquellos ojos enormes abiertos como platos, y la vista perdida en un incierto punto del infinito. Escuchó entonces un leve jadeo que provenía de su garganta. Un hilillo de sangre le corría perpendicular a su barbilla desde la comisura izquierda de la boca, y ésta se abría, una y otra vez, de modo inmisericorde, intentando en vano captar el oxígeno del aire. Al verla, se le antojó un pececillo tratando de respirar fuera del agua, con sus voluptuosos labios abiertos como la valva de la que había nacido la mismísima Afrodita.

Tomassino acercó, por vez primera, su boca a la de su amada, y la besó dilatadamente mientras las babas, que rezumaban con profusión de su cavidad bucal, merced al llanto, y las abrasadoras lágrimas, que resbalaban a raudales por sus curtidas mejillas, se entremezclaban formando un fluido viscoso del cual emanaba todo el desconsuelo del mundo. Su semblante, fruncido y contraído por el dolor, se mostraba más deforme que nunca, y contrastaba con la belleza preternatural de la muchacha, que agonizaba a su lado con una herida abierta sobre el pecho izquierdo, de la cual brotaba la sangre a borbotones, dejando un reguero que teñía de púrpura las losas de la acera.

Acertó a balbucear unas palabras de amor que Sofía ya no pudo discernir, pues en ese momento la oscuridad de la muerte se abatió sobre ella, apagando para siempre el penetrante brillo de su mirada, y Tomassino, consciente del fin de su amada, descorazonado, profirió un lastimero alarido que rasgó el cielo con su aguda intensidad. Con los ojos empañados por el incesante fluir de las lágrimas, hizo acopio de sus últimas fuerzas y pretendió levantar en brazos el cuerpo laxo y deslavazado de su Sofía, pero nada más intentarlo, cayó a plomo hincando sus rodillas sobre el duro pavimento, y soltando, muy a su pesar, la preciada carga. Acto seguido, una horrible punzada lacerante le atenazó el flanco derecho; se llevó a él la diestra, y cuando la vio totalmente ensangrentada, se le nubló la vista y la cabeza comenzó a darle vueltas; todo giraba y giraba en torno a un eje imaginario, se sentía tan mareado que apenas podía conservar la conciencia. Su tronco se dobló bruscamente por la cintura, hacia delante, como el árbol talado por el hacha del impío leñador, y su testa rebotó sobre el tierno lecho que conformaba el talle de su amada, aquel talle de mirto tan puro como las azucenas...

Tomassino Espósito cerró lentamente los párpados y se dispuso a dormir el sueño eterno. Mientras se sumía en la profundidad de las tinieblas, con la cabeza recostada sobre el regazo de su angelical Sofía, le pareció percibir, proveniente de algún ignoto confín, el alegre sonido de una canción napolitana: Jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja', jammo, jammo, 'ncoppa jammo ja'. Funiculí funiculá, funiculí funiculá, 'ncoppa jammo ja', funiculí funiculá...


FIN.

Pintura: "La mort de Sardanapale"  ("La muerte de Sardanápalo"), 1827, Eugène Delacroix, Museo del Louvre, París.

Safe Creative #0903152757009

Se adjunta vídeo de Youtube con la canción popular napolitana "Funiculí Funiculá", interpretada por José Carreras, Plácido Domingo y el tristemente desaparecido Luciano Pavarotti. 

DETENER EL REPRODUCTOR DEL BLOG, SITUADO EN LA COLUMNA LATERAL IZQUIERDA, ANTES DE INICIAR LA REPRODUCCIÓN DEL VÍDEO DE YOUTUBE.

miércoles, 30 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 1ª parte

Observo la palma de mi mano surcada por un planisferio de líneas: de la vida, de la muerte, del corazón, de la mente… todo un atlas universal de arrugas y pliegues  engurruñados, estriados, fruncidos… Montes, circos, valles…una variada orografía que se extiende, escasamente, a lo largo y ancho de una cuarta.

Tomo un puñado de arena y consiento que se escurra por entre mis dedos. Aquilato su peso a medida que va cayendo, atraída por las fuerzas del centro de la Tierra. Esta plúmbea arena es dorada como sus ancestros: la mica y el feldespato, e hija predilecta del translúcido cuarzo. Paso las horas muertas contemplando cómo se desliza, una y otra vez, resbalando furtivamente por las articulaciones de mi diestra.

A veces, ensimismado en esta nimia tarea, olvido que sobre mi turbante índigo el cielo es más azul y sol más ardiente. Olvido incluso las crestas de las dunas, que, como lomos de dragones malheridos, se retuercen convulsamente curvándose cual sierpes; y omito recordar la huella zigzagueante que deja tras de sí la fría víbora, al avanzar duna arriba, al retroceder duna abajo…

¿Dónde estás mi querida patria, mi bien amada? Que no te hallo ni en mis ensoñaciones, que no te encuentro ni en los versículos que leo y releo todos los atardeceres, antes de que el ígneo sol ceda paso a las argénteas estrellas.

Así estoy, absorto, embebido en mis pensamientos, casi en estado de trance, cuando escucho la dulce voz de mi esposa Yassmine, cuyo nombre le fue asignado aludiendo a la blanca flor de intenso y embriagador perfume. No en vano, mi Yassmine era tan arrebatadora como la más fragante de las flores y tan cautivadora como el terciopelo de sus pétalos.

Ella me llama ahora para que le prepare el té. Todos los días, a diferentes horarios, pero con una mayor calma y sosiego en los momentos que preceden al crepúsculo, yo le escancio un té verde, aromatizado a la menta, hirviente, con una espuma burbujeante que le recuerda la de las olas marinas que un día vio en Essaouira.

Mi adorada Yassmine no era una nómada como yo. La conocí en un ksar marroquí, al pie de la cordillera del Atlas; una fortaleza roja, de tierra y cal apisonadas, que encerraba a su amparo frescos muros de adobe elevados sobre altas torres. Cuando la vi por vez primera, mi corazón experimentó un vuelco, supe de pronto que el amor había tocado a mi puerta. Era una muchacha frágil y hermosa, de piel lustrosa y azafranada, con los ojos cual luceros y los labios de amapola. Un ligero velo blanco le cubría la testa, sin demasiado cuidado, permitiendo vislumbrar el nacimiento de sus brunos cabellos, engalanados estos con una tiara de monedas de plata y cuentas de ébano que pendían de su frente como se escurre el caudal de un río hecho ya torrente cuando se precipita, cual descontrolada cascada, por insondables abismos.

Así se despeñaron mi seguridad y mi aliento cuando la tuve ante mí; no pude por más que contenerlo admirado ante la belleza de un rostro tan delicado, de una finura sin parangón alguno. A lo largo de mis por entonces dieciocho años, había visto muchachas con la cara descubierta y a algunas las había encontrado preciosas, pero ninguna como Yassmine, ninguna poseía la esencia de un ser celestial engendrado como humano.

Era una mujer moderna y avanzada para su época, esta mi Yassmine. Hasta poseía algunos estudios y ejercía de maestra para las niñas y los varoncitos pequeños de la población, aquéllos que aún no habían ingresado, por edad o vocación, en una madrasa o escuela coránica. Y es que su carácter también iba parejo con su hermosura: era sensible, bondadosa y abnegada a la par que alegre y candorosa como la flor de la cual portaba el nombre. Frisaba ya los dieciséis años y sin embargo su fuerza interior era la de una mujer madura, mientras que su ingenuidad era la propia de una cándida criatura.

CONTINÚA EN LA ENTRADA ANTERIOR (MÁS ANTIGUA)

Pintura: "Unfolding the holy flag"  (Desplegando la bandera santa), 1876, Jean - León Gérôme
Safe Creative #0911014806253


martes, 29 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 2ª parte

Recuerdo que Yassmine clavó en mí su mirada según pasé junto a ella, a pie y asiendo las bridas de mi exhausto dromedario. Se fijó sobre todo en mis ojos, que siempre los he tenido profundos y penetrantes, y quizás también llamase su atención mi apostura. Durante mi mocedad y hasta hace bien poco, lucía una figura gallarda y apolínea. Mi buena talla y fortaleza física solían atraer hacia mi persona el interés de las féminas de toda raza y condición. No obstante, era una verdadera lástima que, debido a las tradiciones inherentes a mi origen étnico, hubiera de llevar siempre en público el rostro embozado y se perdieran las mujeres gozar del viril atractivo de mis rasgos, máxime cuando mi boca era realmente agraciada, tanto por los labios carnosos y bien trazados, como por la dentadura que escondía: nívea y correctamente alineada. Remataban la gracia de mis facciones, unos pómulos marcados y un óvalo armonioso, concluido éste en un mentón partido que me proporcionaba un aire aún más masculino si cabía.

Como ya digo, la pena es que tales encantos permaneciesen ocultos a las miradas femeninas, si bien mis ojos, subrayados sempiternamente con la negrura del khol, y mi porte donoso, ya de por sí las atraían. Y eso me congratulaba enormemente, pues a pesar de los preceptos religiosos, mi corazón se azoraba ante la presencia de una mujer bella, sólo intuir su silueta bajo los vaporosos velos, presentir sus formas desnudas apenas rozadas por la suavidad de la liviana tela y la sangre me hervía en las venas con el frenesí de un alazán a punto de montar una yegua.

Siempre he sido un macho ardiente, aunque, desde que el cielo me concedió la ventura de conocer a la que después sería mi mujer, nunca más volví a desear a hembra alguna que no fuese ella. Me sobrecogía de tal manera ante la visión de su cuerpo desnudo: menudo, sensual y voluptuoso, que todo mi universo giraba en torno suyo. Yassmine era mi hurí en la Tierra, no precisaba morirme y ascender al Paraíso para gozar de ella. Allí la tenía, ante mí, la más sublime de las beldades, con aquella sonrisa untuosa, de manteca y miel, que me derretía, que me convertía en su manso esclavo cada vez que acariciaba su sedosa piel o besaba sus turgentes pechos, coronados por oscuras y grandes areolas que festoneaban los apuntados pezones.

Ya desde el primer encuentro, desde que coincidimos bajo la puerta de la muralla de su Ksar, y nuestros ojos se cruzaron, supe que aquella joven, casi una niña, sería para mí. Y desde entonces luché contra todo y contra todos por conseguirla, teniendo siempre en mi mente el deseo vivo de hacerla mía en cuanto pudiese desposarla, pues por nada pretendía yo, amándola como la amaba, deshonrarla.

A partir del inicio de nuestra relación, comencé a imaginármela libre de velos y ropajes y fantaseaba, con lujuria desmedida, con encontrarme yaciendo entre sus cálidos y húmedos muslos, bañado en sudor y poseyéndola una y otra vez, apasionadamente, al ritmo de mi jadeante respiración o libando con fruición el sabroso néctar que manaba de sus entrañas merced a nuestra desorbitada concupiscencia. Mi mente y mi cuerpo llegaban a tal extremo de excitación cuando estaba en su presencia, que me costaba refrenarme, e, incapaz de hacerlo, acudía a trucos varios para escapar a mi libidinoso estado y reducir en lo posible la desmesurada lubricidad que su sola visión me provocaba, avergonzado ante ella de presentar tales indicios de lascivia e impudicia.

Algunos de aquellos trucos consistían en recurrir a inocentes recuerdos pueriles, tales como contar mentalmente los camellos de mi padre o recordar las mil y una peripecias acontecidas durante mi infancia. Cuando todo esto fallaba, recurría a la religión como contrapunto a la expresa carnalidad de mi deseo y repasaba las palabras que había escuchado en el último sermón del imán de turno, dado que un nómada como yo acudía acá y acullá a la mezquita que tuviese más cercana.

CONTINÚA EN LA ENTRADA ANTERIOR (MÁS ANTIGUA).

Pintura: "A moorish bath" o "Turkish woman bathing"  ("Un baño morisco" o "Mujer turca bañándose"), 1870, Jean-León Gérôme.
Safe Creative #0911014806253


domingo, 27 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 3ª parte

Mi amada esposa Yassmine me espera en nuestra jaima para que le sirva, tan ceremoniosamente como siempre suelo hacer, el fragante té. Antes la he visto extraer, de un pequeño baúl, los vasitos que guarda para las ocasiones especiales. Son de vidrio coloreado en tonos muy vivos y decorados con unos ingenuos motivos florales. Y es que hoy es un gran día: por fin ha venido a visitarnos nuestro primogénito Yussuf. El mayor de nuestros seis hijos ha llegado hace apenas unas horas, procedente de París, ciudad en la que reside desde hace muchos años. A veces nos visita en compañía de su mujer y sus dos niños, pero esta vez lo ha hecho solo y aunque pasamos pena por no ver a nuestros preciosos nietos, su sola presencia nos reconforta.

Todos nuestros hijos y nietos sufren una dolorosa diáspora, el exilio penoso y obligatorio de aquéllos que, por no tener, no tienen ni siquiera patria. ¡Cuán dura es la vida del desierto…! Pero cuánto más amarga y lacerante es la vida cuando no hay ni arena, ni la visión de las infinitas y serpenteantes dunas ante una paupérrima jaima…Y es que sólo hambre y miseria, y desesperación eterna, esperan a nuestro pueblo, a ese pueblo del que nadie ya se acuerda, que parece que ni existe…al pueblo saharaui.

Y pensar que un día fuimos amos y señores del desierto…que nada ni nadie doblegaba a los hombres y mujeres de azul, a los que vivían según sus propias leyes y conceptos, enarbolando la bandera de su libertad…Pero ahora la triste realidad nos aboca a la condición de mendigos, mendigos de tierra y pan, de arena y agua que nos permitan la supervivencia y sino…¿qué nos queda? La diáspora como única salida, el desmembramiento de nuestras familias, de nuestras tribus y clanes, de nuestra sociedad y por ende, de nuestra cultura. Toda una lección histórica de renuncias y, sobre todo, de ceguera, de ofuscada ceguera por parte del resto de la humanidad, que permite tales atropellos sin el más leve pestañeo.

CONTINÚA EN LA ENTRADA ANTERIOR (MÁS ANTIGUA).

Pintura: "El dúo", Gyula Tornai  (1861-1928).

Safe Creative #0911014806253

viernes, 25 de junio de 2010

"EL CORAZÓN DEL TUAREG", 4ª parte

Mi amada Yassmine sabe como nadie de lo que hablo y sabe de renuncias, porque ella hubo de renunciar a los suyos y a su tierra para seguirme, por amor, por el más puro y excelso amor de cuantos hayan existido. Y ella, una marroquí en tiempos de la Marcha Verde, tuvo que tomar partido por el bando del hombre al que amaba, en contra de las disposiciones de su familia y hubo de huir en plena noche para reunirse conmigo. Toda nuestra ulterior existencia en común estuvo marcada por la guerra y las necesidades económicas.  Nuestros hijos iban naciendo sin la presencia de su padre, puesto que yo comandaba una célula del Frente Polisario y sólo en contadas ocasiones podía reunirme con ella y amarla como sólo sabía amarla: en cuerpo y alma.

Fruto de aquellos esporádicos encuentros amorosos, nacían las criaturas que colmaban de felicidad nuestras austeras y severas vidas. Esos retoños a los que mi esposa criaba con denodado sacrificio, eran el motivo que nos impulsaba a seguir, a continuar luchando, porque ellos, el fruto de nuestra ardiente pasión, eran el futuro por el que no se debía regatear ningún esfuerzo.

Y al final… ¿para qué? Tanto Yassmine como yo ya somos dos ancianos y nuestros hijos han tenido que buscarse la vida a miles de kilómetros de nosotros, privándonos de su presencia, de su deseada compañía. Nuestra existencia no ha sido fácil, no, no lo ha sido, pero aun así, no renunciaría a ninguno de los momentos vividos al lado de mi amada, de mi hermosa hurí, de mi Yassmine…

Ni siquiera las mil y una dificultades y vicisitudes vividas, ni el cruel e inexorable tiempo, que han arado la otrora tersa piel de mi adorada Yassmine, con la  indeleble huella de decenas de profundos surcos, han podido apagar el intenso brillo de su mirada. Sus ojos aún lucen el esplendor del pasado sobre esa tenue raya de khol que, cual oscuro lindero, les infunde la profundidad de toda una vida pletórica de emoción y de entrega. Así es la mirada de mi Yassmine: deslumbrante como el fulgor de una rutilante estrella.

Y ahora me voy a servir ese espumante té verde bajo mi humilde jaima y a degustarlo y disfrutar de su penetrante aroma a menta, en compañía de mi muy querido hijo y de mi bien amada Yassmine, la más dulce y exquisita de las flores, que ha sido, en mi penosa vida, una eterna primavera.

 FIN. 

Pinturas:  "A beduin arab"  (Un beduino árabe), 1891, John Singer Sargent.
                 "Camellos en una travesía", 1857, Jean León Gérôme.

Safe Creative #0911014806253

Related Posts with Thumbnails

"Tepidarium", Sir Lawrence Alma Tadema.

"Marco Antonio y Cleopatra", Sir Lawrence Alma Tadema.